Jun 03 2026
Jun 03 2026

El kirchnerismo de hoy

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Por Edgardo Mocca

Hace pocos meses, Mauricio Macri anunció que en su “segundo tiempo” no dudaría en emplear la represión violenta para aplicar sus políticas, una vez reinstalado en el gobierno. Lo hizo ayudado por el periodista Luis Majul, quien simulaba escandalizarse por la radicalidad del anuncio. Hay que decir que esa escena no hace sino subrayar la reaparición de la violencia en el lenguaje de nuestra política. Las certezas de la democracia liberal reinstalada en 1983 habían sido negadas en diversas ocasiones, la más intensa de ellas en la represión del levantamiento popular de diciembre de 2001. Pero esa negación se mostraba como “excepcional”, como resultado de una crisis de Estado. Ahora se ha normalizado; más aún, existe en el interior de la derecha una puja por quién ocupa el lugar de mayor radicalidad en el planteo de la utilización de cualquier medio con el objetivo de “limpiar” el país del populismo y conseguir una pax análoga a la época del menemismo y la “convertibilidad” -devenida hoy en la lisa y llana desaparición de la moneda nacional-.

Lo que está en crisis es el “pacto democrático” de 1983, según sostiene de modo insistente, entre otros, el diputado Leopoldo Moreau. Ese pacto tiene una naturaleza mitológica: nunca lo firmó nadie. Pero los mitos no son simples “inventos”, son modos de comprender la historia, de registrar su evolución, de defender la continuidad de los estados y sostener su capacidad de mantener la paz y la concordia entre sus habitantes: eso es lo que está en riesgo entre nosotros. El pacto democrático fue salvado después de la crisis de 2001. La emergencia del liderazgo de Néstor Kirchner fue el factor principal de esa recuperación, sostenida como estuvo por una saga de democratización de sus instituciones (de la Corte Suprema, en primer lugar, la misma que hoy está en el ojo de la tormenta de una crisis de régimen) y de recuperación de niveles de justicia social, previamente incendiados por la voracidad de quienes se adueñaron del país en los tiempos menemistas continuados por la Alianza.

En estas líneas, queremos detenernos en un aspecto de esa “segunda transición democrática” que atravesó los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Es la cuestión del carácter aleatorio de la emergencia de ese nuevo grupo dirigente en la Argentina. No fue una salida “necesaria”, regida por alguna misteriosa legalidad histórica que todavía algunos siguen sosteniendo contra toda la evidencia de los hechos que realmente ocurren. Aunque se puedan dañar algunas sensibilidades hay que reconocer que el kirchnerismo “pudo no haber existido” y que su emergencia lo debe todo, o casi todo, a la pasión por el poder de sus líderes. El “decisionismo” kirchnerista, su obsesiva defensa del poder contra la lógica de los poderosos permanentes de la sociedad argentina, fue su virtud central y el único camino viable para su reproducción política e histórica. No hay, dicho sea de paso, una política kirchnerista pura y fiel a sí misma: lo que hay (o podría llegar a haber) es una reproducción de esa voluntad de poder, adecuadamente ensamblada con nuevas realidades históricas nacionales, regionales y mundiales. No es la creación de “manuales de buen kirchnerismo” lo que se necesita, sino un liderazgo enérgico, y capaz al mismo tiempo, de gobernar un país que es muy diferente al de 2013.

La brújula de ese legado es la cuestión del “buen vivir” popular. Es esa evocación mítica de un Kirchner siguiendo con un cuaderno y una birome la marcha de la recuperación del trabajo digno en el país. Es la capacidad de enhebrar acuerdos internos e internacionales para resguardar esa recuperación de las presiones de tinte colonial que no desaparecen ni siquiera en los mejores momentos del país. La política de estos tiempos (tiempos inmediatos, tiempos inciertos) no consiste en reproducir un kirchnerismo prisionero de estereotipos del pasado, sino capaz de dar cuenta de las tensiones reales que vive el país. Es el único modo de supervivencia de un movimiento de prácticas, de ideas, de consignas que sacudieron al país hace dos décadas y siguen teniendo vitalidad siempre que no discutamos con fantasmas, sino que construyamos su realidad del presente. Que es el tiempo fundante de la política.

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