Cristina Kirchner pateó el tablero y le echó la falta envido a Héctor Magnetto. Como quien clavara un facón en una antigua pulpería y enardeciera a los gauchos que miraban con atención o de refilón, la Vicepresidenta desafió al jefe del poder económico, que esta vez tildó de mafia, a un mano a mano a todo o nada: ella, sin apelar a sus fueros y sus votos; y él, como quiera y cuando quiera, si es que puede o se anima.
No se conoce ni se recuerda gesto político más audaz y generoso a la vez en alguien que se encontrara en su posición. Siendo la verdadera líder del peronismo en el gobierno y pudiendo inscribir su nombre en las listas del 2023, hizo su renunciamiento público a los cargos pero desató el furor de una militancia que latía apagada.
Negándose a ser mascota de los dueños del país, depuso cualquier candidatura suya. Guapeó frente a Clarín, la pistola en la sien de la democracia, diciendo que peleará sin fueros. Las especulaciones y los anhelos de su base de sustentación se mezclan con angustia y frenesí. Exégetas y criptógrafos de aquí y de allá se preguntaban hasta altas horas de la madrugada si la ex Presidenta lo hacía para activar definitivamente un operativo clamor para alzarla con total legitimidad al tope de la boleta el año entrante o de verdad desistía de subirse a la compulsa electoral venidera.
El automático reflejo de dirigentes de todos los sectores de la coalición oficialista para bancar a la Vicepresidenta por Twitter, radio o TV daría cuenta, en principio, del indesmentible ordenamiento del peronismo detrás suyo. “Cristina me volvió a conducir”, decía ayer más de uno de los que defendían su identificación kirchnerista pero renegaban de a ratos de ciertas definiciones.
Por otro lado, su discurso pone en marcha al movimiento otra vez. Cada palabra suya, al final de su exposición, liberó de la atrofia y el agotamiento que venía padeciendo la fuerza política en pleno: en un encierro asfixiante, ella abrió la cancha corriéndose del centro. Esta segunda hipótesis hablaría de que su táctica sería la de sustraerse de la obsesión de sus verdugos, desconcertar a la oposición –que se quedaría sin discurso por no tenerla en frente- y hasta llamaría votantes que no se sienten seducidos por su figura pero que rechazan con asco a Juntos por el Cambio.
El problema de este razonamiento, para quienes todavía escudriñan el sentido de sus conceptos con la esperanza de que vuelva a ser primera mandataria, es que sin ella en la boleta no habría 2023. Y que frente a una democracia lánguida, tendida en cautiverio en los galpones del Grupo Clarín, ella rediseña al histórico justicialismo e inspira al centroizquierda o progresismo mientras se sube al ring contra el verdadero enemigo del pueblo, el mismísimo Magnetto.
Más de una vez en los últimos años, ella hizo suya la frase de Fildel Castro tras el asedio al Moncada. “La historia me absolverá”, dijo parafraseándolo. Con un Poder Judicial capturado por los detentores del poder del dinero, la Vicepresidenta lleva su juicio al barro de la historia, con o sin urnas, frente a los capos de la mafia pero con la Constitución en la mano.
Anoche, se rumoreaba, había congregado en Ensenada a un grupo de intendentes del conurbano bonaerense, legisladores y hasta funcionarios de la gobernación. Allí cada uno de los oradores le expresaba su amor y su cariño hasta que ella, retribuyendo ese afecto, contestó con contundencia: “ahora van a tener que hacerse cargo”.
Tal vez, el kirchnerismo esté ante la remake de la frase de Miguel Abuelo: “No me lloren, crezcan”.



