«Apuré el paso, Liz y Hernández charlaban bajo un árbol de hojas rojas, sentados sobre una tela clara en la que había frutas, agua, queso, pan y vino. Un picnic era eso. Él le explicaba su propósito: era más que una estancia, era una ciudad moderna lo que estaba construyendo con su obra lenta, el proceso que le hacía atravesar al gaucho desde que llegaba a la estancia-fortín hasta que se volvía parte. Primero le tocaban los trabajos más duros, como cavar la fosa que empezaba a rodear la estancia no tanto porque el coronel la creyera especialmente útil sino porque necesitaba acostrumbar a los hombres nuevos al trabajo, cansarlos para que de noche se desmayaran antes de emborracharse y entonces no tener que castigarlos, hay que tener la cabeza muy fría para saber tomar, acostumbrarlos a levantarse y acostarse a la misma hora, acostumbrarlos a los ciclos de la industria y a la higiene. Además, era un ritual de iniciación, casi una yerra era la fosa, una marca: a partir de ahí, empezaba una vida nueva. Los hacía cavarse su propia fosa, su frontera, su antes y después. Era el primer paso para sacarlos de larva. Luego comenzaban a asistir a los ya expertos en las tareas diversas. Y estaba la escuela. Los que estaban desde hacía más tiempo ya leían y escribían. Hernández les dejaba la Biblia porque la religion enseñaba algunas cosas buenas como la mongamia. Y la obediencia al Señor. And you are the Lord, aren’t you? Le preguntó Liz y los dos se rieron y yo tuve la primera fisura de una fe que me había nacido hacía poco. (…) Hubo que conquistarle una tierra a la patria, siguió explicando Hernández los huesos que rodeaban su estancia, no nos la cedieron gratis los salvajes. Y ahora le estamos conquistando una masa obrera, ya ve a mis gauchos. Los casados tenían sus casitas con más de una habitación, no podía yacer junta the whole family, decía Hernández y hube de darle la razón. ¿A todos les gustaba? No, algunos entraron en razones a fuerza de estaca, otros a fuerza de cepo, varios de unos cuantos latigazos y algunos se escaparon y nunca más volvieron, hartos de la falta de sus cañas diarias y de no tener su propio dinero. ¿No les paga? No, invierto ese dinero, que rara vez llega, en la maestra, la escuela, la capilla y las casas de las familias nuevas. Y en mi hacienda y mi casa, también: son el comando general de la estancia, la punta de lanza de la nación, el progreso penetrando el desierto.» (Gabriela Cabezón Cámara, Las aventuras de la China Iron)


