Jun 03 2026
Jun 03 2026

Cristina Kirchner tuvo que repetir que no será candidata

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La Vicepresidenta reiteró por carta lo que dijo en diciembre pasado porque ni la dirigencia ni la militancia comprendieron su mensaje. Entre el fervor casi religioso, la terquedad sin densidad política y la frustración por un gobierno impotente, el kirchnerismo podría desdibujarse si no contextualiza su propia historia. | Por Pablo Dipierri

La vicepresidenta Cristina Kirchner proclamó ayer el ukase final, contra la terquedad de dirigentes que admitían en privado que no sería candidata pero voceaban en público que era la única que expresaba las demandas de los sectores populares. Aunque la diseñadora del Frente de Todos recalcó a través de sus redes sociales, cuando estaba por terminar el Congreso Nacional del PJ, cada una de las palabras que expresó el 6 de diciembre pasado, tras conocerse la sentencia del Tribunal Oral Federal Nº 2 en la Causa Vialidad, intendentes incombustibles, caciques gremiales y funcionarios conchabados en Provincia de Buenos Aires porfiaban con la construcción política de su anhelo sin contemplar la interpretación de la historia que ensayaba la mujer que consideran su jefa política. Para más extrañeza, hasta se daban el lujo de imputarle que si no se lanzaba como postulante a la Presidencia incurriría en el desamparo de sus seguidores y la militancia, argüían, le pasaría factura.

Sin comprobaciones empíricas sobre lo que el pueblo quiere ni, mucho menos, sin capacidad para definir qué es el pueblo en la actualidad, el kirchnerismo que se recortaba bajo la órbita -cada vez más pequeña- de la Vicepresidenta se encerró en un cuento de hadas, mirándose al espejo de las selfies de Instagram y preguntándose en grupitos de WhatsApp quién era la más linda. Al tiempo que se quedaba sin política para afrontar los desafíos que alimentan el desencanto, como la inflación o la agudización de los problemas por la apropiación del excedente económico, esa fracción evocaba el pasado de los 12 años de mandato del Frente Para la Victoria como receta para un futuro que se abre en un contexto diametralmente distinto y ante la mirada de una sociedad extenuada.

No obstante la elegante ratificación de la ex Presidenta ante la tozudez de su base de sustentación, el kirchnerismo no tiene por qué escribir su epitafio. La desolación que embarga a los actores sociales que se curtieron bajo la idolatría de su figura se sana con discusión política y construcción colectiva: los liderazgos son intransferibles pero la organización de la energía disponible para la conformación de un andamiaje transformador crece desde abajo.

Más problemáticas son las consideraciones de la propia Vicepresidenta, como así también las de su entorno más próximo, acerca de conceptos como la proscripción, el retorno y la democracia en clave peronista, con remisiones a la resistencia tras el derrocamiento de Juan Perón y liviandades litúrgicas. Que la Corte Suprema ejecute los designios económicos de la clase dominante vernácula no es una novedad: ya el 28 de agosto de 1945, antes del mítico 17 de octubre, los diarios de la época voceaban que había que darle la Presidencia de la Nación al por entonces titular del máximo tribunal, Roberto Repetto, pero la sentencia bochornosa del TOF Nº 2 y los tomos completos de la persecución contra la ex Presidenta no se empardan con el exilio o el decreto 4161/56. Que se activara un “operativo clamor” para que ella volviera, mientras era no sólo la segunda en línea de sucesión sino la demiurga del gobierno en curso, era más que descabellado. Y que se revista de etiquetas como democracia mutilada el proceso actual, que sin dudas es el resultado de la traducción política de las ecuaciones financieras y la arquitectura ideológica y jurídica de los dueños del país y sus mandantes a caballo del capital extranjero, reviste estéticamente la impotencia plebeya en el ejercicio de su representación delegativa a través de dirigentes que ya no le encuentran el agujero al mate.

El peligro de esa trama es la impugnación anticipada de cualquier herramienta política que la coalición oficialista pueda confeccionar de acá a las elecciones. Si la denuncia sobre la inhibición o estrangulamiento de la democracia se expande imprudentemente y potencia y contagia la angustia de las consignas territoriales que rezaban “Cristina o nada” o “Nada sin Cristina”, se corre el riesgo de que toda salida peronista que no contemple a la Vicepresidenta en las boletas carezca de legitimidad. La igualación retórica de la languidez del sistema vigente con una dictadura resultaría tan tramposa como errónea tácticamente.

De ahí la relevancia de que sea ella misma quien explique, contenga y avale la apertura de la etapa en ciernes. Quizá fue lo que intentó infructuosamente con la designación de Alberto Fernández hace exactamente cuatro años: su devoradora pulsión política conspiró contra el surgimiento de una subjetividad distinta a la suya, que por la defensa de un legado insostenible en un contexto distinto al de 2003 y aprisionada en la romantización de un pasado que estuvo lleno de contradicciones pero se evoca como si los errores hubieran sido siempre ajenos terminó debilitando la genialidad de su creación. El gobierno que nació de su dedo índice fue liquidado con su pulgar hacia abajo.

Por lo demás, tampoco la custodia ideológica que el kirchnerismo believer ejerce exime al albertismo nonato y el peronismo blanco de sus defecciones pero la propensión pejotista a hincarse ante los verdugos estaba contenida ya en el surgimiento de la experiencia gubernamental que destronó a Mauricio Macri. Así lo plantean los economistas Eduardo Basualdo y Pablo Manzanelli en su último informe de Flacso, titulado Sistema político, coyuntura económica y líneas de política económica en la Argentina actual, cuando dicen que las corporaciones locales ensayaron dos movimientos de cara los comicios de 2019. Por un lado, buscaron una alianza con Roberto Lavagna y, por otro, “un acuerdo con el kirchnerismo (para) participar en la conformación del Frente de Todos que finalmente fue quien triunfó en la disputa electoral, pero con un agregado que asumió una tremenda importancia a medida que transcurrió el tiempo: el kirchnerismo no se quedó con la ‘lapicera’ ni el diseño de la política económica ni la renegociación de la deuda con el sector privado y el FMI, para finalmente tener que aceptar que tampoco iba a poder conducir la política económica en la etapa final del gobierno”.

Asimismo, y aunque no se comparta absolutamente la tesis de Basualdo y Manzanelli, esa configuración de la opción nacional y popular estuvo en la génesis del gobierno de Néstor Kirchner. La diferencia de la posconvertibilidad con el posmacrismo estriba en la recomposición del poder económico y sus dotaciones para arrollar cualquier resistencia que pueda articularse desde los resortes del Estado bajo una gestión progresista.

Veinte años después del alumbramiento accidental de una oportunidad inédita, Argentina se encuentra en la misma encrucijada, con saldos organizativos distintos a un lado y otro del antagonismo principal y un aprendizaje político que no fue interrumpido por golpes militares, aunque sí fue condicionado permanentemente por desestabilizaciones financieras. El tiempo que viene dirá si la madurez social tiene la capilaridad y la consistencia para derivar en una nueva gesta contrahegemónica desde la Casa Rosada o el movimiento nacional se dispersa en un archipiélago de tribus que se repliegan para su propia preservación.

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