La Cumbre de las Américas que se realizará en junio en Los Ángeles movió el avispero de la región y podría poner en aprietos los planes de conducción de Estados Unidos. El pedido que crece entre varios líderes es el de “una cumbre sin exclusiones”, en relación a la posible marginación de Venezuela, Cuba y Nicaragua.
El primero en alzar la voz fue el mexicano Andrés Manuel López Obrador quien en las últimas horas envió un ultimátum: “Si hay exclusiones, no voy a asistir”. En esa línea se expresó Alberto Fernández y los países del Caricom.
Otro que puede bajarse es Brasil, en este caso no por solidaridad sino porque falta de intereses y un cambio de prioridades en lo que respecta a la política exterior brasileña, sumado a la mala relación de Jair Bolsonaro con Joe Biden y la excelente relación con Rusia.
Una cumbre sin México, Argentina y Brasil es una cáscara vacía que a Estados Unidos no le conviene. Lo ocurrido es una rareza que no se ve desde aquella recordad cumbre del “No al Alca” en Mar del Plata, pero por estas horas la Casa Blanca está revisando su estrategia para que la cumbre no caiga.
Apelan a todo lo que encuentran a su alcance. El líder de Black Rock, Larry Fink, habló con AMLO para hacerlo entrar en razones pero la posición del mexicano parece no haber cambiado. En ese marco, lo que afloran son las internas en la administración norteamericana en relación a qué política debe llevarse a cabo con estos países, sobre todo con Venezuela.
No es una novedad que hace menos de dos meses Nicolás Maduro recibió una comitiva estadounidense encabezada por el Asesor en Asuntos Latinoamericanos, Juan González, en el mismísimo Palacio de Miraflores. El objetivo: retomar la venta de petróleo y revisar las sanciones impuestas por la Casa Blanca.
El jefe de González es Jake Sullivan y junto a Joe Biden están de acuerdo en aflojar la tensión con el chavismo. En contra de esto aparecen los halcones diplomáticos del Departamento de Estado que conduce Antonhy Blinken, especialmente su segundo, Brian Nichols, quien ostenta el mismo cargo que González para la región pero dentro del Departamento de Estado.
En esa interna en donde juegan elementos locales electorales transita el debate en el gobierno de Biden. Pero el fondo de la discusión está en torno a qué liderazgo puede ejercer Estados Unidos en este contexto.
La guerra en Ucrania puso a Rusia en el lado de los malos y eso revitalizó a Estados Unidos y la OTAN. Pero en un escenario de empate hegemónico, Washington tiene que consolidar su fuerza en el vecindario.
La postura contra las exclusiones plantea un signo de preguntas sobre la autoridad regional de Estados Unidos y sin ese poder de predicamento sobre “las Américas” se estrechan las posiblidades de liderazgo global que pretenden. Lo llamativo es que Sudamérica esta lejos de ser una región anti norteamericana, como supo ser en la década pasada, y eso permite dimensionar la erosión de Estados Unidos como potencia, que sin dejar de ser una de las naciones más poderosas del planeta, no puede terminar de alinear su histórico patio trasero.
Venezuela espera expectante como quien tiene al certeza de haber pasado lo peor. Maduro tiene al esperanza de llegar a la presidenciales de 2024 con la economía estabilizada, poder político y mayor reconocimiento internacional frente a una oposición que no termina de pasar la página.



