Por Pablo Dipierri
“Las armas las carga el diablo y las urnas, si está de humor”, cantaban Los Espíritus en una de sus canciones del disco Agua Ardiente, editado en 2017. La cita linkea directamente con la sinuosa proyección electoral del oficialismo porque el escrutinio se podría convertir en un infierno.
Con toda la atención puesta en la conmemoración del vigésimo aniversario de la asunción de Néstor Kirchner, preparada para el próximo 25 de mayo en la plaza más emblemática del país y bajo el protagonismo de la vicepresidenta Cristina Kirchner, dirigentes y militantes de la coalición gubernamental se mueven con frenesí bajo la inquietud acerca de las candidaturas, el programa y los insumos necesarios para la mística plebeya. Sin importar la comprensión de texto de la base de sustentación peronista, que tiene una agudeza que ninguna prueba estandarizada por la OCDE mide, la multitud podría componer el mismo paisaje que le obsequiaron sus ancestros a la propia Eva Perón, hace 70 años.
Bajo ese signo pregnante, es tentador imaginar que la Plaza de Mayo, colmada, vibrará con el canto de “Cristina Presidenta”, y ella responderá, complacida y contenedora, con la pedagogía política que el final de la época está demandando. Lo curioso es que sean los dirigentes, supuestos cuadros con responsabilidad y claridad que debería promediar por encima del conjunto, los que activen el clamor, revelando en partes iguales su rusticidad e impotencia.
Por caso, uno de los participantes de la alicaída Mesa de Ensenada, el grupo de funcionarios bonaerenses, intendentes del conurbano y líderes gremiales que pulseaba por la candidatura de la jefa del espacio, narró que llegó el miércoles pasado a la reunión del SMATA con la asunción lúcida de que tal vez hubiera que aceptar que el postulante oficialista sea el ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, pero el recinto fue copado por las arengas de Andrés “Cuervo” Larroque y los jefes municipales Mario Secco y Gustavo Menéndez. “Cristina tiene una intención de voto de 25 por ciento”, habría enarbolado el ministro de Desarrollo de la Comunidad de la Provincia de Buenos Aires (PBA) como argumento, mientras que los caciques territoriales bramaban por otro 17 de octubre.
Hasta en el Senado se mofaron de la actitud desconcertante del legislador Oscar Parrilli, cercanísimo a la Vicepresidenta, porque el sábado se la pasó mandando videos de la gente que se arracimó en las puertas del canal C5N para vivar a la ex Presidenta durante la entrevista que le concedió al periodista Pablo Duggan. “Son incorregibles”, deslizó la fuente que filtró la especie a este medio.
En este contexto, diversas tribus del kirchnerismo martillaron el fin de semana sobre el clavito del ascenso de Axel Kicillof a la disputa por el sillón de Rivadavia, dejando el casillero vacío para que De Pedro inscriba su nombre en la tira para la gobernación bonaerense. Si bien el enroque se atribuye al diputado Máximo Kirchner -porque impulsaba hacía allí al tripulante del Clío cuando presumía que Martín Insaurralde podía sucederlo-, durante los últimos días la maniobra cobraba densidad frente a la languidez sondeada de los posibles competidores oficialistas.
La hipótesis matchea, para colmo, con las versiones sobre el desdoblamiento de la convocatoria a elecciones para la PBA. Sin embargo, esa apuesta fue desmentida categóricamente a La Patriada tanto por actores del gabinete bonaerense como por funcionarios del elenco nacional, aunque la Ley Electoral de esa jurisdicción establece en su artículo 66 que “la convocatoria para toda elección será hecha por el Poder Ejecutivo con no menos de sesenta (60) días de anticipación a la fecha que se señale para el comicio y expresarán en su caso el número de senadores o diputados a elegirse en cada sección, y el de concejales o consejeros escolares con sus respectivos suplentes que deberá elegir cada distrito electoral”.
Según las especulaciones de pasillo, Kicillof podría promulgar la convocatoria unos días antes de las PASO, comicios que están atados por ley a nivel provincial y nacional, si el kirchnerismo juzgara que el binomio presidencial tira para abajo la performance en los 135 municipios. Hasta donde pudo averiguar este portal, hay resistencia para esa gesta tanto en La Plata como en despachos que responden a la Vicepresidenta desde enclaves nacionales. “El desdoblamiento electoral es un planteo de un grupo de trasnochados que le meten ideas locas en la cabeza a Axel”, soltó una fuente con asiento en un ministerio cristinista, y agregó: “no es viable en la PBA por tradición, por conveniencia política y porque no hay tiempo”.
Ante tal escenario, la diseñadora del Frente de Todos (FdT) ahora esculpe con cuidado la reconfiguración del oficialismo y, al mismo tiempo, apunta contra Javier Milei bajo la suposición de que cualquier peronista podría imponerse ante el libertario en un ballotage. Para eso, elucubra una síntesis que no redunde en un espejo traumático de la experiencia gubernamental en curso: ya no está dispuesta a ceder su capital electoral a un exponente del peronismo blanco u ortodoxo pero sabe que necesita su acompañamiento para escalar del tercio que admite como piso propio. La metáfora del techo bajo es una trampa elegante para no hacerse cargo de que la altura de una obra es proyección del arquitecto y, en este caso, sería de su autoría.
Queda claro, no obstante, que la alicaída coalición gobernante adolece de una neutralización despolitizadora. Después de este mandato, nadie quiere ser Alberto Fernández: ningún gobernador, extraño líder extrapartidario, outsider de cualquier grupo y factor o siquiera el mismísimo Sergio Massa aceptarían con mansedumbre que los unja la titular del Senado para que La Cámpora los fiscalice. Y del mismo modo, el kirchnerismo no quiere aupar a nadie que no porte su ADN o prometa fidelidad absoluta al legado de los 12 años del viejo Frente Para la Victoria, edulcorados por una romantización inconsistente.
Parece improbable pero, ante la enésima ratificación de que no será candidata a nada, estaría por verse si la Vicepresidenta promueve a un delfín suyo, sea De Pedro o Kicillof, y el Frente Renovador, la CGT y otros contrapesos del conservadurismo peronista ofrecen a uno o una de las suyas en comodato para la fórmula. Y aun bajo esa alquimia, no asoma en el futuro inmediato una cita risueña con el destino, para decirlo en los términos que Rodolfo Walsh utilizó en el programa del 1º de Mayo de 1968, sino un horizonte de lucha.
Y en la exploración del incansable convite de la Vicepresidenta a opositores y actores sociales con capacidad de agencia para sellar un nuevo contrato social, que respete el pacto democrático de 1983 y urda un acuerdo frente a la economía bimonetaria, hay pistas sobre las dificultades infranqueables. Por más correcta que sea su interpelación en tiempos de debilidad política, ¿por qué los ediles de los grupos económicos en el Congreso, sus voceros en los medios de comunicación y sus alfiles en los juzgados se allanarían a un pacto sobre qué hacer con la cultura del dólar y la arquitectura financiera si sus mandantes se enriquecen con el esquema vigente?
De ahí que la tarea fundamental para la etapa porvenir sea la de la reconstrucción de la representación genuina del territorio en las instituciones. Así como los grupos económicos alquilan tribunales y cincelan góndolas de candidatos, el peronismo tendrá la tarea de formar cuadros integrales para ocupar lugares estratégicos que permitan de nuevo la articulación política entre el palacio y la calle.
Salvo que se consolide la reforma constitucional de facto y, sin resistencia u objeciones, se finja demencia sobre la insustancialidad del artículo 22 de la Constitución Nacional, cuya letra establece que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes, cuando sobran indicios de que buena parte del sistema político juega alegremente al gobierno por Twitter. De hecho, la canción de Los Espíritus dice en la primera estrofa que, si le anda la lapicera, el diablo le agrega un verso a la carta magna.



