Jul 02 2026
Jul 02 2026

El don y la mugre, por Carlos Barragán

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por Carlos Barragán.

«Terminamos con los piquetes». «A mí me indignaba como a vos». Me da fiaca ir a buscar la cita exacta, pero eso es lo que dice Jorge Macri en el spot de la fría Buenos Aires. En la radio le digo «el Macri Negro» y digo que él quiere ser el único negro que vive bien en Buenos Aires. En realidad busco de qué manera provocarle algún tipo de enojo, algo que lo ofenda, que le duela un poco. Devolverle algo de lo que me da. Sospecho que a Jorge no le gusta ser negro porque la gente con su color de piel le debe dar rechazo, miedo y desconfianza. Quiero molestarlo con algo, pero el tipo no escucha la radio donde trabajo, una radio cooperativa que no promete Ley y Orden como él. Como la serie. Porque el votante porteño parece que está regalado y ya no detecta cuando lo tratan como a un niño que sólo entiende las cosas como se las explicó la tele.

«A mí me indigna» dice el tipo, y entonces debo creer que aprovecha que es jefe de gobierno y lo que lo indigna lo saca de su vista. Lo indigna a Jorge una chica que vi. La chica estaba a las 7 de la mañana de una madrugada helada, en la avenida Juan B. Justo con una parrillita cocinando tortillas para vender. Yo iba en mi auto y le vi la cara a la pasada, rodeada por ocho policías, dos patrulleros y dos motos del operativo. Capaz fui testigo del «Operativo Tortilla que Indigna a Jorge Macri». Pero la chica no tenía cara miedo –como yo esperaba ver- me sorprendió que estaba tranquila, colaborativa con las fuerzas de la Ley. Su gesto era manso y resignado. Seguramente muy parecido a la cara que puse yo cuando descubrí cómo se cuida la Ley y el Orden en esta ciudad. Mi cara de resignación.

La mínima anécdota que cuento se multiplica por cientos de operativos contra cosas que indignan: manteros, vagabundos, recicladores, gente que anda por ahí con cara sospechosa, vendedores de semáforo, trapitos, un borracho que se durmió en la vereda, una familia que vive en otra vereda, la chica que vende tortillas, los pibitos que piden, todo tipo de persona que perturban la dignidad del Jefe. Y que lo indignen las contravenciones y no los delitos grandes es muy conveniente para que pueda compartir cenas y otras cosas con los suyos. Pero bueno, como digo siempre: al porteño le gusta.

Lo porteño, yo que viví acá casi la mitad de mi vida, es algo difícil de discernir. La porteñidad antes era fácil y maniquea: el tango, el café, el billar, los amigos, los burros. De todo eso quedaron los burros. Una parte. Pero esa parte es de gente convencida de cosas. Gente que se odia a sí misma por no ser como quería ser. Por lo tanto son resentidos y se indignan por lo mismo que se indigna Jorge Macri, que sospecho que lo deben indignar otras cosas y esto es apenas otra campaña para ver si puede seguir mojando el pancito en la administración de las cosas que nos pertenecen a todos. Pero sí, ese porteño es malo y racista.

Me acuerdo en el 2001, fue como una escena de una película malísima. Una familia con papá, mamá, abuela y nenes revolviendo en la basura de mi cuadra. Yo había bajado a comprar algo, pasé y les di plata. A los cinco minutos pasé de vuelta por el container y escucho a un padre crispado que le dice a su hijo adolescente «mirá, mirá cómo dejan todo tirado. Les pegaría un tiro en la cabeza a cada uno». Necesito ahora jurar acá que fue así, porque de tan simplista y estúpido parece mentira. No importa si ese papá era capaz de darle un tiro a cada persona que revuelve la basura, importa que ese papá se lo dijo esa noche fría a su hijo adolescente hace 25 años, cuando Buenos Aires todavía no había elegido a un tipo de derecha estricta como empezó a hacer desde 2007. Jorge Macri sabe que su electorado está hecho de esos vecinos, que seguramente no está dispuestos a matar a los que sufren, pero sí a que sigan sufriendo lejos de su mirada eternamente. Porque el vecino piensa que el que sufre no es su problema, su problema es tenerlo cerca y que eventualmente le pida ayuda. Porque al saber que podría hacer algo por alguien, el vecino está obligado a reconocer que sí es su problema.

Hace pocos días fui a tirar unas cosas a un volquete que había en mi cuadra. Eso debe ser ilegal, supongo, no el volquete, sino usarlo sin haberlo pagado. Y cuando estoy rompiendo la Ley y el Orden un pibe que estaba revolviendo el volquete me dice «no se preocupe, don, que no voy a hacerle mugre». Me encajó el «don» a mí, y él se adjudicó «la mugre». Inteligente, el pibe no imaginó que yo estaba tan ilegal como él, sólo que yo estaba descartando en lugar de adquiriendo, y supuso que yo era un vecino normal, de los que detestan a los que revuelven basura y «hacen mugre». Por suerte le pude acercar una campera que mi hijo nunca me aceptó, y se la di como donación por el frío y también como una prenda de paz entre el «don» y «la mugre». El frío es muy malo cuando uno no tiene nada. Pero yo eso lo sé de casualidad y entiendo a los que no lo saben.

La Ley y el Orden aseguran que es una serie buenísima, con 25 temporadas y millones de seguidores. La podría haber visto como vi decenas de policiales donde los malos son civiles latinos del color de Jorge y los buenos son policías rubios, pero el nombre siempre me cayó muy antipático. Algo en mí me dice ahora que en esta ciudad La Ley y el Orden son los vecinos, y que una agencia de marketing lo detectó con facilidad y se decidió organizar esta limpieza tan municipal, para sacar «la mugre» y que el vecino pueda sentirse «don». Y uno sabe que no todos son así, pero con eso no alcanza para evitar sentir ese frío que nos meten adentro, ese frío que cultivan.

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