Jun 03 2026
Jun 03 2026

El miedo no es zonzo

Publicado el

por Mariano Denegris

Ganó el miedo y quizás no está mal. No la vimos. Digamos que no la vimos sin simular un elegante rechazo de la pedantería. No la vimos porque teníamos que esperar que pase para verla.
La sorpresa electoral de septiembre en la Provincia de Buenos Aires, cuyo sentido era, justamente, producir una victoria local ante la seguridad de una derrota nacional, fue tan grande que nos impidió ver lo visible. Si se repasan todos los discursos sobre lo que iba a pasar el 27 de octubre si el oficialismo nacional sufría una derrota importante, la imagen que dominaba el escenario, desde Trump al FIT, pasando por todos los medios tradicionales y el grueso de la conversación en redes, era la de un caos anunciado e inevitable. La imagen del fuego parecía dibujarse con una liviandad que hoy parece ingenua en la mayoría de las pantallas. Lo único verosímil era la incertidumbre económica a la cual los politizados nos encaminamos casi festivamente mientras el grueso de los votantes sentía en el cuerpo la sabiduría del cagazo. Esto vale más que cualquier coartada del calendario.

El miedo a ese día después, que vimos sin ver, fue agravado por dos imaginarios concurrentes. Por un lado, al ser una elección de medio término, de producirse el colapso cambiario son sus consecuencias sobre el resto de la economía, desde eso que llaman la macro hasta las informalmente endeudadas familias argentinas, la quebradura no se podría entablillar con la asunción de un nuevo presidente legítimo el 10 de diciembre. O bien duraría dos duros años de inestabilidad o bien se traduciría en una crisis institucional cuyo desenlace carecería de legitimidad electoral. Ese imaginario no opera, por supuesto, de manera racional sobre la compleja decisión electoral. Funciona más bien en un nivel fantasmal. Ante un abismo creíble, imaginable, aunque esté detrás de una nube de niebla, el paso atrás no parece ser una reacción inexplicable.

El otro agravante también tiene algo fantasmal. La asociación del peronismo a la imagen de inestabilidad marcada por los últimos meses del gobierno del Frente de Todos está aún demasiado fresca. Son imágenes de una memoria reciente que se agitan como fantasmas.

Es cierto, hay quienes no votan orden. Pero el personaje de Milei aún puede jugar a ser la disrupción para pibes que no sabrán nunca lo que fue un aguinaldo y el orden para padres de familia que tienen que pagar deudas el mes que viene. Probablemente ese juego no sea eterno ni mucho menos, pero un tiempo tira.

Por supuesto, también están los votos identitarios, el 40 por ciento que saca el perfil conservador, lo esquivo de las intermedias para el peronismo, la prórroga de un mandato aunque no se haya cumplido, la dificultad de hacer que cualquier propuesta a futuro no sea una mera promesa de campaña, etcétera. Pero esas cuestiones, que también cambian, están siempre o casi siempre. Lo que tenemos que intentar ver, al menos después de que se produce, es lo distinto. Lo que no sospechábamos antes.

La derecha argentina atravesó una diferencia política nodal en su lectura de la coyuntura desde 2017. Una parte decía que el fracaso de Macri era su tibieza, la otra, su incapacidad de ampliar el arco de consensos. En el 2023 la dirimió por la vía democrática. Los halcones le ganaron a las palomas. Pero quien recogió la carroña fue el águila libertaria. Ahora el águila, cuya inteligencia o la de sus regentes imperiales no hay que subestimar, parece ir a buscar también al resto de las aves. Ese 70 por ciento de la clase política argentina que quería aglutinar el presidente que no fue. Para hacerlo está tratando de aprovechar la temporada de rebajas con los gobernadores en la mesa de saldos. Milei, o los poderosos que generaron y/o aprovecharon su irrupción podría aprender de los errores de Macri, más allá de la inviabilidad de su proyecto de país.

Del otro lado, para intentar un país que contenga a todos sus habitantes con pisos de igualdad y bienestar razonables y pueda actuar en el mapa geopolítico con la relativa soberanía que implica su tamaño e inserción económica y no atado a la estrategia ajena de la potencia decadente, habría que aprender a saldar errores y diferencias políticas. Incluso una mala resolución puede ser mejor que la irresolución permanente.

El pasado no puede ser lo único que tengamos por delante. Las epístolas en las se atribuyen errores proféticos en la disputa interna y se abusa de la autocita, no aciertan a ocultar la crisis de liderazgo. En momentos en los cuales el tablero lo diagrama otra fuerza, es menester arrimar poder instituido y estar atento al poder instituyente; es decir, sumar representaciones sumar intendentes, gobernadores, diputados, sindicatos, movimientos sociales, organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación, por un lado y por otro, acompañar y encauzar las luchas emergentes de los sectores vulnerados en sus derechos por el gobierno de Milei. Estas dos condiciones permitirán ser creíble como opción de poder cuando se articule una propuesta de futuro. Porque cualquier formulación programática sólo tiene sentido cuando empalma comunicacional y temporalmente con las necesidades reales de la sociedad y se propone desde una fuerza capaz de hacerla realidad.

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