Abr 21 2024
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La lapicera en el aire

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Entre el mito de salón y la tinta twittera, la historia se escribe con refriegas mucho más terrenales que la retórica de la selfie o la liturgia. La discusión sobre el instrumento para estampar los nombres en las boletas peronistas es otra muestra más del déficit de conducción política. | Por Pablo Dipierri

“Démosle la lapicera a cada uno de los militantes”, dijo el presidente Alberto Fernández en el mensaje que grabó para anunciar que declinaba sus anhelos de reelección. Con esa frase, reivindicaba las PASO contra la menguante potencia política de la vicepresidenta Cristina Kirchner para ungir un nuevo candidato con su dedo, más allá de la pátina democrática con la que pretendió revestir su postura.

Al día siguiente, el diputado Máximo Kirchner le contestó desde el microestadio de Ferro que la birome siempre la tuvieron las bases pero que el nombre que los sectores populares quisieran escribir está tachado por el Poder Judicial. Reverberancias al margen, la diatriba se enunció desde el distrito donde el kirchnerismo siempre alquiló el cartucho de tinta en el PJ porteño, donde mandaron alternativamente desde 2003 el actual vicejefe de Gabinete, Juan Manuel Olmos, y el titular del SUTERH, Víctor Santa María, con La Cámpora como socio menor desde 2014.

En pleno apogeo de la ex Presidenta, la mesa que definía el cierre de listas la noche del 6 de septiembre de 2013 tenía cuatro sillas: en una se sentó el por entonces legislador Juan Cabandié, en otra el olvidado jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina, en la tercera el custodio de la firma presidencial y actual procurador del Tesoro, Carlos “Chino” Zannini, y la cuarta la ocupó nada menos que Andrés Larroque. Olmos no necesitó un asiento allí para vetar nombres e imponer alguno, señal de que no sólo los juzgados proscriben y, en ocasiones, alcanza con la defección de los dirigentes para que las nóminas se escriban bajo el color de los que mandan. Por caso, aquellos comicios estuvieron tamizados por el temor kirchnerista ante la incipiente diáspora por la ruptura de Sergio Massa. Más indulgente, un peronista porteño aduce hoy que los cuatro de la lapicera en esa edición también eran militantes, y concede que errar es humano.

Las anécdotas no tienen mayor importancia que los mitos, pero la militancia porteña suele enterarse de los avatares por WhatsApp a través de las delegaciones que ejercen los asesores, operadores y periodistas que ocupan mesas en las pizzerías aledañas a la sede del PJ en la calle San José. “El peronismo es sus dirigentes”, le dijo a este portal un activista con más kilometraje que el promedio bajo la suela.

La retórica, no obstante, debería diseccionarse para escalar hacia peldaños que habiliten una mejor vista panorámica. La malaria económica, subordinada a los designios de Washington y las opciones geopolíticas traducidas en clave pampa, centrifuga al peronismo: el debate interno para dirimir las diferencias en primarias con código de convivencia, divisa más depreciada que el peso, u ordenar la tropa con un candidato de consenso –o designado, otra vez, por la Vicepresidenta-, aturde en territorio y agobia a la sociedad.

Hace 20 años, el periodista Eduardo Aliverti citaba un artículo de su colega Mario Wainfeld, escrito el 13 de abril de 2003 para Página 12. “Una nueva traza de poder asoma en el mundo y su albor coincidirá casi al milímetro con la asunción del nuevo gobierno argentino. Al mismo tiempo, se ha producido una victoria de la violencia, del capitalismo más salvaje, de todos los valores más brutales de la derecha. ¿Impactará ese escenario (…) en la decisión electoral de los argentinos? Y si impacta, ¿habrá un voto que refuerce la pasión y la inteligencia que motivaron a los argentinos en su repudio a la agresión? ¿O prevalecerá el espíritu del Viejo Vizcacha, tan argentino él como Martín Fierro, que siempre aconsejaba ponerse a la vera de los que mandan? Al candidato Vizcacha -como él, viejo y decadente, pero constante en su ciencia de inclinarse hacia el poder- no le está yendo tan mal”, tipeó el editorialista del Grupo Octubre. En medio de la bruma que distorsiona el horizonte, la hipótesis de Carlos Gardel sobre la consistencia del paso de dos décadas tal vez no sea incorrecta.

Tan es así que resulta difícil -o casi indigerible- para el kirchnerismo asumir que su líder apunte una vez más a un candidato ajeno a su paladar. De hecho, es probable que Massa se persigne todas las noches clamando por más dólares y resignación de los que lo tildaron de traidor hace 10 años, para que la diseñadora del Frente de Todos (FdT) lo unja al tope de una lista de unidad y su unción sea bastante para colarse en ballotage. Si el cristinismo believer no lograra demoler la obstinación presidencial sobre las PASO, deslizan fuentes de diversos campamentos oficialistas, el tigrense no disputaría la elección.

Entonces, se abriría una impredecible caja de bombones y habría que apelar a las conjeturas de Forest Gump, porque nadie sabría muy bien lo que podría tocar. Emergerían en tal caso las figuras del jefe de Gabinete, Agustín Rossi, el ministro del Interior, Eduardo Wado de Pedro, el embajador argentino en Brasil, Daniel Scioli, y tal vez algún gobernador. La oferta no parece muy tentadora.

Sin embargo, el último sondeo de la consultora Zuban-Córdoba arroja un saldo todavía favorable para el peronismo. Cuando se mide por espacios políticos, el FdT obtiene un 28 por ciento de intención de voto, Juntos por el Cambio (JxC) trepa a 23 por ciento y la opción libertaria cosecha 18 por ciento. Los guarismos se consiguieron a través de una encuesta domiciliaria sobre 1300 casos.

El escenario cambia, aunque los propios responsables del trabajo no lo incluyan en su informe oficial, cuando se sopesan las opiniones con los nombres propios de los candidatos incluidos en la pregunta. Sin les Fernández ni Mauricio Macri en el interrogante, Javier Milei sube hasta los 30 puntos.

Semejante óleo empujó al pánico a los que se muestran los dientes por la lapicera. De ahí que en las últimas horas haya cobrado alguna envergadura la posibilidad de que la mujer que no se autopercibe mascota de nadie revise su posición: si el cálculo es que el estrangulamiento y la tragedia sobrevienen con ella de candidata o sin ella también, más vale dar pelea desde adentro, alegan voceros desesperados en el Congreso.

El problema es que hasta el día de la visita de los sindicalistas a la Vicepresidenta en el Senado, ella se mantenía incólume en la tesitura que esbozó de forma conmovedora y lúcida el 6 de diciembre pasado, cuando anunció que no sería candidata a nada y desafió a Héctor Magnetto a que la vaya a buscar a su casa si quería meterla presa porque no ostentaría fueros. “Los dirigentes gremiales decían ‘Cristina sos vos, Cristina sos vos’ pero ella contestaba ‘es Massa, es Massa’”, refirió una fuente cercana al despacho de su jefa. La frase escogida para resumir ese encuentro fue la de que ella no se retiraría para tejer y criar nietos. Un atajo para construir una verdad que, a juicio de los impulsores del operativo clamor, sus seguidores puedan resistir.

Si el pronóstico no fungiera como un vaticinio desmovilizador cuyas conclusiones constituyeran una renuncia explícita a la política misma, podría acudirse en solicitud teórica a las máximas del chino Sun Tzu en El arte de la guerra, sobre todo en los apotegmas que plantean que el ejército victorioso gana primero y entabla la batalla después, mientras que uno derrotado lucha primero e intenta obtener el triunfo a posteriori. En la entente oficialista, hay quienes suponen que Estados Unidos ya ganó, que el Presidente depuso su aspiración por impugnación de Joe Biden y que, a lo sumo, el peronismo debería conformarse con Massa si la Casa Blanca le habilita un puente de dólares hasta la cita con las urnas. Bajo ese prisma, la división corta entre los que blanden el nombre de CFK y los que se rindieron.

Hijo inesperado de la carambola en un peronismo disperso hace 20 años, el kirchnerismo pulula entre la resignación y el desánimo por no haber escrito su biografía como experiencia política bajo el signo del accidente que permitió el ascenso de Néstor Kirchner en la posconvertibilidad y el furor que cinceló su estética a partir de la Resolución 125. Quedan lejos las palabras de Alberto Balestrini en el cierre de campaña del 24 de abril de 2003, en el Mercado Central de La Matanza: “El 27 de abril a la noche nos vamos a encontrar en todas las plazas del país, para festejar y descargar toda la bronca que tenemos”, aventuró, y agregó con una incipiente paridad de género: “ustedes, compañeras, van a poner los ovarios, y ustedes, compañeros, van a poner los testículos”.

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