El saldo de los comicios produjo la refutación histórica del determinismo económico que auguraba una caída irreversible frente al fascismo en ascenso. La sociedad argentina apeló a los anticuerpos de un peronismo ordenado. | Por Pablo Dipierri
Argentina es mucho más pródiga en fantasías que Hollywood o las grandes cadenas de producción audiovisual on demand. El triunfo parcial de Sergio Massa en primera vuelta, contra todos los pronósticos de la consultoría vernácula y los análisis de las finanzas, revela que el país activó su inmunidad frente a la amenaza fascista una vez que el peronismo se ordenó detrás de la figura del tigrense.
El saldo del escrutinio constituye, en sí mismo, una reivindicación de la política contra el determinismo económico y una refutación del reduccionismo periodístico de los medios de comunicación que apresuraron conclusiones subordinando el pensamiento a las planillas de Excel. Cada guarismo sobre la inflación, medición sobre la pobreza o ensanchamiento de la brecha cambiaria se tradujo en lastimosos suspiros en la prensa afín al oficialismo y cada agitación de la moral televisiva, a caballo de yates en el Mediterráneo o tarjetas de débito en cajeros automáticos en suelo bonaerense, expandía pavura y desánimo en la militancia.
El conteo provisorio de los sufragios enterró la pereza intelectual de las lecturas que, incluso en alguna que otra fracción del kirchnerismo, calculaban que no era posible una victoria electoral por la proliferación de trabajadores que perdían poder adquisitivo y se mantenía una informalidad laboral que esta pampa arrastra desde la posconvertibillidad. La madurez democrática talla más alto que el bolsillo, al parecer.
Y aun así, la lucha no terminó ni la contienda en las urnas está resuelta. El ballotage entre Massa y Javier Milei no solo abre la chance de que el peronismo se reconfigure y se revitalice sino también la oportunidad de la derecha de esculpir el liderazgo del libertario y estructurar la energía que expresa en un bloque musculado.
Es preciso señalar, además, que el pueblo que se las vio ayer en el cuarto oscuro es el mismo que ungió a La Libertad Avanza como vencedora en las primarias del 13 de agosto pasado. La diferencia entre ambas jornadas cívicas radica, entonces, en la consistencia que ofreció el oficialismo en una y otra cita: hasta las PASO, la figura de Massa estuvo subordinada a la custodia nostálgica de un kirchnerismo tan romantizado como desmovilizador, mientras que el cachetazo propinado en ese turno espabiló al ministro de Economía y se erigió en jefe del conjunto de los gobernadores del PJ, los sindicalistas y los movimientos sociales.
Dicho de otro modo, Argentina no se fascistiza sino que oscila pendularmente si el peronismo no le ofrece un cauce para su desarrollo. Incluso el arribo de Milei a la escena nacional, como el trumpismo en Estados Unidos y el bolsonarismo en Brasil, no hace otra cosa que confirmar que el delirio libertario es el dispositivo que cataliza el antiperonismo, como en otras épocas lo fuera el Partido Militar, el propio radicalismo o Cambiemos.
Es aleccionadora la enseñanza que le obsequiara Héctor Magnetto a Massa en 2015, cuando anhelaba que el Frente Renovador lo condujera por la avenida del medio hacia la Casa Rosada. “En la Argentina hay sólo dos partidos, el partido peronista y el partido militar. Vos no estás en ninguno de esos dos, así que no vas a ganar”, le dijo el dueño de Clarín al actual candidato de Unión por la Patria, según informó La Política Online.
Después de la remontada oficialista, tal vez uno de los aspectos más estimulantes para la gimnasia militante sea la asunción de un rediseño al interior de lo que fuera el destartalado Frente de Todos: aunque La Cámpora celebrara la conquista o revalidación, según el caso, de 12 municipios bonaerenses sobre un total de 135, el porvenir inmediato habilitaría el reconocimiento de que tanto Massa como el gobernador Axel Kicillof se alzaron con la pila de votos obtenida no tanto por el despliegue o el legado que gerencian o cotizan en el chiquitaje sus objetores sino, precisamente, a pesar de ellos.
La historia que se escriba a partir de ahora se arrancará el corset de los que porfían con atar con la liturgia la transformación que hace ya una década experimenta la generación del bicentenario. Evidentemente, el postulante más votado ayer y el mandatario provincial sacaron credenciales que relegan a un segundo plano a los que jugaron a media máquina y perreaban la marca para la posteridad.
Como sea, la política siempre guarda espacio para acontecimientos inesperados.


