«y cuando hablamos
tememos que nuestras palabras
no sean escuchadas
ni bienvenidas,
pero cuando callamos
seguimos teniendo miedo.
Por eso, es mejor hablar
recordando que
supuestamente, no íbamos a sobrevivir».
Audre Lorde
Por Leticia Martínez
Cuando me avisaron de la muerte de mi madre no supe qué hacer. Luego de meses interminables de recorridas hospitalarias, de llenar formularios, de reclamos telefónicos porque la atención o los insumos no llegaban, no supe cómo responder. Esa mañana, estaba sola y atendí el teléfono con la certeza de lo inevitable. Todavía con el pijama puesto, me senté en el sillón. Recuerdo que lloré. Aún no sé si de tristeza o de alivio. O quizás por ambas. Después, fui hasta el patio, miré el enorme cielo y el verde que me rodeaba. Me pregunté qué tengo que hacer. No me desplomé ni grité. Hubiera deseado hacerlo pero no pude. Sólo pude mirar el verde hasta desarmarlo con los ojos. Aquello que hago cuando no entiendo: observo, espero y rezo por verdadera comprensión. Pues no quise ni quiero entender nada desde el enojo ni desde la lástima.
La tristeza viene y va, en oleadas dispersas. A veces dura unos días y otras, el dolor se vuelve tan intenso que sólo encuentro amparo en algunas músicas o en la poesía. Volví a escuchar la música que escuchaba de chica, lo que sonaba en mi casa de la infancia: Maldigo la primavera/ con sus jardines en flor/ y del otoño el color/ yo lo maldigo de veras. La mayor parte del tiempo hago chistes y me nombro como huérfana, huerfanita. Pues necesito reírme de mi desgracia, ser insolente, sobre todo y ante todo, desde mí, conmigo.
Algo de esa insolencia o esa forma de desprecio por la realidad es lo que, creo, genera formas nuevas. Trae otra cosa. Invocar hacia el mundo algo que no está (todavía) en el mundo pero que estará. Y pienso en Violeta Parra, quien necesitó gritar, en vez de hacer silencio, y moverse, en vez de estar quieta. Una artista que, hasta el final (su final), hizo lo que quiso. Violeta sabía que la fuerza de los pueblos está en su oralidad, en las músicas, en aquello que se canta en guitarreadas o en las nanas y canciones de cuna que se inventan para los/as más pequeños/as. Recorrió Chile en busca de esas músicas y las compiló en libros importantísimos para el folclore latinoamericano. También sabía sobre la importancia del encuentro, por eso, antes de morir, instaló la famosa carpa en la zona de La Reina, en Santiago. Un proyecto que, como suele pasar, no salió del todo bien.
Recuerdo que, luego de contemplar un rato el monte, llamé a una amiga y le dije que mi madre había muerto. Ella, sin dudar ni un segundo, me dijo ‘cambiate que te llevo’. A veces, necesitamos escuchar respuestas certeras, frases llanas que dinamicen aquello que parece aquietado. Tal vez, muerto. Porque, claro, con la muerte de mi madre, algo comenzaba a morir en mí. Entonces, la historia (las palabras) no es de quienes triunfan. No andamos con otros/as solamente para corroborar que estamos bien sino para ver qué hacer con la tristeza, la miseria, la desolación. Entendí algo de lo que me importa cuando leo, cuando escribo, cuando escucho música: estar en contacto. Hay algo más allá, afuera. Digo, por fuera de mí y de mi drama singular, hay un mundo (cada vez más) atroz pero, a la vez, están los espacios de silencio o de gritos. Como cada quien necesite.
Viola, la que cantaba con voz chillona, la que se enojaba con la burguesía snob del arte, dio y dejó una cantidad invaluable de obra. Ahora, en este tiempo, necesito escuchar sus canciones, buscar las imágenes de sus arpilleras y sus pinturas. Sus viajes, su ir y venir constante: con sus crías, sola. Su pueblo, su origen campesino, su reconocimiento tardío. La voz que se puso al servicio de aquello que tenía que hacer en su tiempo: inventarlo.
He preferido hablar de cosas imposibles porque de lo posible se sabe demasiado, canta el trovador. Qué más tenemos para decir sobre lo verificable. Llega información sobre el infierno que habitamos, que habitaremos. Me doy un espacio de silencio. Qué respuestas vamos a encontrar (o a buscar) en los lugares donde el murmullo es constante y no trae nada más que desasosiego. Ir hacia afuera (o adentrarse) tiene más que ver con la propuesta de una artista como Violeta: hay algo más. Siempre, cada vez. Por qué buscar afirmaciones en vez de hacernos preguntas.
El ruido humano, el blablabla de las personas (a veces, de quienes queremos) es, en este tiempo, insoportable. Amigos y amigas enojadas, tristes, con preocupaciones genuinas. Gentes sin interés por la vida de las otras gentes. Todo esto, lamentablemente, no es nuevo. Pero hay otros ruidos posibles. Yo no lo encuentro en la pantalla del celular. Aun cuando me encanta habitar esas conexiones virtuales, necesito escuchar y leer a quienes hicieron algo nuevo desde lo horrible y lo triste. No necesito información ni opinión sino invención.
Ahora, me aferro a lo que me trae la Viola: lo que excede, que nos excede, aquello que se vuelve en contra. Ese barullo que aturde puede (debe) ser algo más. Violeta Parra, artista de la exuberancia, del todo junto, del atreverse a dejar algo nuevo en un mundo de propuestas y promesas viejas. La rebelde que habló y gritó de tantas formas como pudo. Porque cuando se anda con la muerte encima, sea con alambre o tecleando unas palabras inútiles, se insiste. Yo insisto. Con lo que me conmueve y me devuelve nueva, otra. Insisto con hacerme nuevas preguntas: qué es el arte sino el espacio para imaginar lo que no existe. No sin antes gritar, entre mis silencios: maldigo el invierno entero.
Una cita de Violeta Parra
“Me conformo con mantener la carpa y trabajar esta vez con elementos vivos, con el público cerquita de mí, al cual yo puedo sentir, tocar, hablar e incorporar a mi alma”
Extraído de:
https://www.cultura.gob.ar/violeta-parra-eterna-y-verdadera-artista-popular-8726/
Bio
Violeta Parra nació en octubre de 1917, en Chile. Fue artista plástica, música, poeta, compositora y cantante. Hija de un músico y de una costurera y tejedora. Creció en el campo, junto a sus hermanos. Recorrió su país en busca de un cancionero popular de tradición oral, que luego sirvió de inspiración a muchas/os artistas folclóricos de la región. Fue la primera artista latinoamericana en exponer en el Louvre, en París, en 1964, con una muestra individual de arpilleras, óleos y esculturas en alambre. Fundó la Carpa de La Reina, un espacio cultural en el que desarrollaría la Universidad Nacional del Folklore. Allí se dictaban cursos de música chilena durante el día y funcionaba como peña, durante la noche. Se suicidó en ese mismo sitio, en febrero de 1967. Grabó más de diez discos en vida y dejó gran cantidad de material inédito musical que luego fue editado por su familia.


