Por Juan Carlos Otaño.
En la novela de Maturin, Los Albigenses (*), un personaje sueña con que es perseguido por una manada de lobos. Y al despertarse, efectivamente se encuentra luchando contra un hombre lobo. El sueño y la vigilia forman para él una cadena de continuidad tan indivisible, que ni los sueños necesitan de condensarse y desplazarse, ni el transcurrir de las horas diurnas disimularse bajo los disfraces de lo « real ».
Un clima de pesadilla se cierne, hasta alcanzar este punto, en las sociedades llamadas « civilizadas ». Una reunión del G20 puede perfectamente transfigurarse en una « danza de los vampiros » y, con la más absoluta claridad, una república formalmente democrática en un régimen totalitario.
Así pues, debemos inferir, aunque a falta de una encuesta que sea capaz de corroborarlo, que los sueños de los durmientes deben hallarse completamente impregnados por esta suerte de pesadilla — que podríamos llamar « despierta », « diurna » o « matinal » — y se impone, por lo tanto, mejorar su calidad.
Concedemos de buen grado, que no todos los ciudadanos desean abandonarlas, ya sea porque un gran número se ha acostumbrado a convivir con ellas, porque finalmente se les ha tomado cariño, o por otras múltiples razones que no viene al caso que analicemos aquí. Se trata humildemente de perfeccionarlas, para que al fin puedan ser sufridas en toda su natural intensidad, dibujadas en la psique como por mano maestra y con un dolor insoportable.
En principio, no está comprobado científicamente que una intoxicación con un Tartare de boeuf, consumido en Le Céladon de París, pueda proveer pesadillas más elaboradas y duraderas que un chorizo cualquiera ingerido en la cancha o unas almejas pasadas. Sucede por el contrario, y la mayor parte de las veces, que quienes pueden permitirse las más costosas viandas del paladar suelen dormir como unos benditos, así la muerte los sorprenda en el dormir.
Y mientras tanto, el taxista, el anciano, el comerciante, la señora que va al supermercado, el hombre de la calle, el individuo conceptuado universalmente como normal, padecen y se resienten por una ausencia paroxística de mayores y mejores pesadillas — o tormentos — que los alcanzados durante estos últimos años con el más encomiable de los esfuerzos.
Capturados en su imaginario, de nada serviría que unas almas contemplativas tratasen de disuadirlos o de apartarlos de un camino tan evidentemente bien trazado — al parecer fuente de goces inextinguibles, noria lubrificada de placeres infinitos —. De modo que, procediendo democráticamente, se les convoca y se les consulta en un plenarium o asamblea ciudadana:
1º) « ¿Hay algo que todos juntos podamos hacer, para mejorar las pesadillas? »
2º) « ¿Estarán bien seleccionados los grupos sociales demonizados (inmigrantes de países limítrofes, mapuches, homosexuales, poetas, etc.), o se requiere de extender esta lista a otras colectividades? »
3º) « ¿Se miente y odia lo suficiente? »
A cada uno le corresponde dar respuesta a estos interrogantes. Sólo nos limitamos a señalar que las pesadillas decaen, se empobrecen, se vuelven vulgares. Y a falta de renovados incentivos, corren hoy el peligro de volatilizarse.
Ya vendrá después el momento de tomar un café, un coñac, y fumarse un puro.
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(*) The Albigenses, Hurst, Robinson, and Co. Londres, 1824.
« Dazet » nº 26.


