«Cada día la luz del amanecer nos desafía», cantaban los Paralamas en su emblemático tema Inundados. En esa canción, decían que «la esperanza no está en el mar ni en las antenas de TV», y agregaban: «el arte de vivir con fe y sin saber con fe en qué».
Todo indica que a las fracciones del pueblo que, aquí o allá, todavía abrazan la democracia no les queda otra que aferrarse a ese gesto defensivo de aguantar. Para seguir otro poquito con Los Paralamas, una estrofa antes advertían que la ciudad tenía sus brazos abiertos de tarjeta postal, aludiendo a su idea de Cristo Redentor, pero advertía que era «con los puños cerrados la vida real».
Y así esta la cosa: voto a voto para prevalecer y prevalecer para que el autoritarismo no siga gobernando o no permee hasta los tuétanos a la sociedad.
En cualquier parte, la pelea es la misma. El neoliberalismo, en su fase actual, inhibe tanto a la dirigencia política progresista, popular o revolucionaria que, para preservar las garantías constitucionales de una democracia cuyo metabolismo se muestra cada vez más endeble para procesar aspiraciones y demandas, hacen concesiones que las desdibujan, acuerdos que atan de manos y alianzas o coaliciones tan inevitables como inconducentes.
Lula Da Silva podrá ganar el ballotage el próximo 30 de octubre pero tendrá que gobernar frente a un bolsonarismo consolidado. Casi el 44 por ciento de los brasileños votó un programa político fascistoide y criminal. Jair Bolsonaro vampirizó al sudoeste del vecino país y resulta ineludible que Argentina se mire en ese espejo: nadie puede desmentir que Mauricio Macri, Patricia Bullrich o Javier Milei abrevan en esas fuentes y cultivan ese veneno.
Lo que no está permitido es la sorpresa. Tampoco sirve de excusa que las encuestas se equivoquen. Quizá convenga probar con la humildad un ratito: la derecha crece porque propone una salida frente al malestar actual y el progresismo languidece porque no tiene una sola idea sobre cómo resolver los problemas actuales y le pide al electorado que lo vote para que la cosa no empeore. Y entre el riesgo del horror bajo la apuesta a que algo cambie y la confirmación de lo malo conocido asumiendo que nada puede cambiar, cada vez hay más gente que opta por quienes proponen una canalización de su furia.
Es decir, Bolsonaro en Brasil, Georgia Meloni en Italia, Donald Trump en Estados Unidos y el macrismo en Argentina conducen la insatisfacción y la bronca. Los peronistas de todo el mundo, concédase el chiste, trabajan la contención en medio de un terremoto ideológico.
Lo que escribió Karl Marx hace casi 200 años para hacer una crítica a la corte de Bonaparte con su 18 Brumario sigue vigente. La política parece capturada por el miedo a un final terrible o un terror sin fin.



