Jul 18 2026
Jul 18 2026

Recuerdos del día que bombardearon Buenos Aires

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Como Daniel James, tengo mi propia “doña María”[1]: mamá guarda con esmero anécdotas familiares y de las otras. Un día me dijo que el mal carácter del padre de su cuñada capaz tenía que ver con que el 16 de junio de 1955 manejaba el trolebús que iba detrás del micro en el que cayó la primera bomba, ése cargado de pibxs salteñxs que venían a conocer el centro… El hombre, al ver eso, abrió la puerta del vehículo que conducía y se arrojó como pudo, salvando su vida y la de algunxs pasajerxs, suerte que no corrieron el motorman ni quienes quedaron atrapadxs en la infernal unidad. Además, mamá me contó que un vecino que trabajaba en el Ministerio de Hacienda había sobrevivido al derrumbe de su oficina, pero había quedado shockeado al ver los cuerpos de sus compañeros y saber que el más jovencito estaba desaparecido. Pero, a diferencia del personaje del comienzo de Recuerdos de la Muerte, a este muchacho, al tiempo, lo encontraron bajo unos escombros en un lugar insospechado del edificio donde había ido a fumar.

Con los años leí una nota en la revista “Viva” (sí, la de Clarín) en la que aparecían testimonios de sobrevivientes y el de un militar que alivianaba el hecho contando que para ellos también había sido doloroso. Por ejemplo, entre la “gente fallecida” se encontraba la novia de uno de los sublevados que estaba haciendo un trámite en el centro. La operación era secreta y no podían contar el plan a nadie. Desde entonces me pregunté por esa novia y por ese novio, y por el alcance del Odio.

También pensé muchas veces en la chica que trabajaba en Recoleta, en un hogar cercano a la residencia presidencial, punto que también ligó una bomba que -como daño colateral- podría haber asesinado a varios gorilas; no obstante, mató a una de sus empleadas. “Una menos para rezarle a Evita”, habrán dicho quienes por entonces vivaban el cáncer.

Nunca en la primaria, en la secundaria, ni en el CBC me hablaron del tema. Recién en la facultad leí algo, aunque sin la contundencia que adquiere hoy en la cátedra en la que soy docente.[2] En efecto, desde hace unos años es bibliografía obligatoria el prólogo del Archivo Nacional de la Memoria que da información certera sobre este crimen. Lxs estudiantes, además de escuchar nuestras clases, gracias a ese texto pueden tomar mayor dimensión acerca de que nuestro Guernica fue peor que el de Picasso, si eso fuera posible. Ahora es casi imposible leer exámenes que en una misma cadena sintagmática digan “en junio hubo un bombardeo a la Plaza de Mayo, a la noche algunos peronistas quemaron Iglesias y después Perón dijo que por cada uno de ellos que cayera, iban a asesinar a 5 de los otros”. El candor invisibilizador de esa estructura discursiva no lo he visto más, pero en días de profesora joven su recurrencia me desesperaba. Por eso me reconfortó tanto el trabajo de una estudiante de un curso que daba en la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo. Celeste Suárez había reconstruido la historia a partir de diversos testimonios -algunos que luego fueron parte de los audiovisuales sobre el 16 de Junio que hoy podemos visitar-. Me impactó el de un camarógrafo que había ido a cubrir el acontecimiento para la entonces flamante TV y que volvió con tomas poderosas, pero con un pie menos. Ése es otro de los nodos del Odio: la cantidad de personas heridas y sin cobijo porque, por el contrario, tres meses después debieron ocultar cuándo había sido que se habían quedado sin ojos, sin escucha, sin brazos. Eso contaba Celeste y yo transmitía a mis estudiantes porque hay escenas de la historia a las que se debe volver porque este país no dio asistencia a las víctimas; por el contrario, puso al frente de su destino a algunos de los asesinos de Junio.

En 2005 recién la masacre fue reconocida. Había transcurrido medio siglo y ocupaba el sillón presidencial un señor que hizo de los derechos humanos su bandera. Entonces hubo actos para reconocer los ilimitados límites del Odio que el Amor a veces vence, pero como solo a veces eso sucede, es preciso recordar siempre ese día fatal. Hay que decirlo y evocarlo para reparar un poco la suerte de las víctimas y para que el Odio no nos agarre desprevenidxs, porque el odio se está poniendo de moda y así como mucha gente asegura que este gobierno contrajo la deuda y que Cristina robó más que todos los ladrones del mundo juntos, tal vez crean que nunca bombardearon Buenos Aires, que cosas así pasan solo en las películas.

[1]James realizó diversas investigaciones sobre la cultura e identidad del movimiento obrero peronista. Aquí refiero a su libro Doña María. Historia de vida, memoria e identidad política.
[2] Historia Social Argentina y Latinoamericana, Cátedra Andrea López, Carrera de Ciencias de la Comunicación, Fac. de Ciencias Sociales, UBA.
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