Jun 03 2026
Jun 03 2026

Retazos pertinaces de la violencia antiperonista

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“Bandidos con aviones y con moros (…),
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,

y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños”

Pablo Neruda

 

Probablemente sea inexacto apelar al lugar común de aviones oscureciendo un cielo de por sí plomizo por las nubes de frío que techaban el mediodía. Pero hubo quien así lo describió, seguramente en esa sensación de tinieblas que antecede a todo crimen…

No fue la primera. No será la última. Sin embargo, el bombardeo a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 opera como hito en una escalada de violencia que reconoce inciertos orígenes de odio hacia las clases populares y que, a pesar del uso de nuevos y sofisticados métodos, no ha cesado. Por el contrario, a su manera, crece.

La borratina de la historia oficial hizo suficiente para difuminar los contornos de un acto criminal de tal tamaño que la Historia misma del siglo XX no reconoce igual, a pesar de las dos grandes guerras que lo atraviesan.

Bombardear sorpresivamente una “ciudad abierta”, ajena a cualquier contienda, lejos de toda batalla es, de por sí, una acción de una cobardía difícil de dimensionar. Agréguesele a esto que los que atacaron compatriotas -muchos de ellos soldados profesionales, además de los “comandos civiles” que eran algo así como la flor y nata del antiperonismo- y que luego de descargar sus toneladas de explosivos y rencor, huyeron alegremente para pedir asilo político en la “hermana” República Oriental del Uruguay, en donde el presidente Batlle Berres los esperaba para darles “asilo, ropa, cigarrillos, lo que necesiten… esos hombres se la jugaron”. Hermana República que hoy asila a Pepín.

Por su ocultamiento, las cifras del dolor no coinciden. Algunos hablan de 300 muertos, otros de 400. Y de unos 2.000 heridos. Difícilmente se produzcan exterminios de este tipo en números redondos. Y es que pareciera que todos los protagonistas estaban dispuestos a “olvidar”. Incluso el peronismo, ese movimiento anclado en una fe popular en la que tanto tuvo que ver su sistema de propaganda. Y sin embargo… los 79 lisiados para siempre son el único dato que reúne a los historiadores. Acaso porque a ellos no podían borrarles las heridas.

Barbarie a Repetición

La masacre del 16 de junio de 1955 tiene una continuidad política y en sus componentes personales, continuidad que serpentea por un camino plagado de sangre de mártires populares y tiene su gran desemboque criminal el 24 de marzo de 1976”, ha explicado Eduardo Luis Duhalde, abogado y dirigente peronista al que “balearon” en el órgano más doloroso y mortal: su amigo, compañero y socio Rodolfo Ortega Peña, asesinado por la Triple A el 31 de julio de 1974.

Duhalde piensa lo que muchos. Incluso Estela de Carlotto (a quien no se puede acercar al peronismo ni empujándola) ha dicho públicamente cosas similares. Pero… ¿y los antecedentes? Porque hubo un antes. Una violencia nervada que buscaba desesperadamente válvulas de escape.

Una de ellas, el atentado en la línea A del subterráneo de abril de 1953. Allí murieron 6 personas, 19 recibieron diferentes mutilaciones y 90 resultaron heridos. El día y la hora se eligieron teniendo en cuenta que la CGT había llenado plaza de mayo en un acto de apoyo a Perón y el presidente se dirigía, en ese momento, desde el balcón de la Rosada, a la multitud.

Lo que queda claro es que el objetivo siempre es el Pueblo. Y aunque los aviadores del 1955 pintaran “Cristo Vence” en las alas y los fuselajes de sus máquinas infernales, esa idea de Dios está bastante lejos de la de misericordia que tiñe toda la Doctrina Cristiana… Ni hablar de la Doctrina Social de la Iglesia.

El Aniquilamiento como Norte

Hay en el pasado, en el futuro y también en este extraño presente, una idea de “destrucción del enemigo” como argumento civilizatorio. Esa noción, naturalmente, trasciende al peronismo ya que, como todos sabemos, el antiperonismo lo antecede. Nace mucho antes de octubre del ´45. Sólo que ese día encuentra su verdadero nombre. Y más tarde su seudónimo porque: “deben ser los gorilas, deben ser”.

Los que imaginaron zafar con la Teoría de los Dos Demonios, revuelven aún hoy la memoria de un par de malogrados decretos de 1975 (el 261 y el 2772) en los que se habla de “aniquilar el accionar de los elementos subversivos”. E invierten la carga de la prueba como lo hacen desde 1945. No hay bombas en el subte sin “reacción de los trabajadores rompiendo comercios”, ni bombardeo a la Plaza de Mayo sin “quema de iglesias”, ni terrorismo de Estado sin “una guerra de dos facciones”. Y siempre, enfrente, como culpable último, las fuerzas populares: los indios, los bárbaros, los grasas, los cabecitas… los peronistas.

Desde esa Conquista del Desierto (que no fue tal porque lo desierto no se conquista, se ocupa. Y si se conquista no hay desierto) hasta el disciplinamiento de las dirigencias populares con imágenes de Amado Boudou en patas y pijama siendo arrancado de su hogar o de Milagro Sala presa por princesa colla, la destrucción del otro distinto es “vida y elemento” (sorry, Domingo Faustino) de la derecha cerril y brutal. Pero… nosotros somos los violentos.

Alguna vez me pregunté, públicamente, por qué no decidíamos ser como decían que éramos. Y rápidamente me respondieron: “NO somos Ellos

Lástima… bandoneón.

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