Abr 16 2024
Abr 16 2024

Somos solos

Publicado el

Por Carlos Ibarrola

1.

¿En qué momento empezó a desgranarse lo que nos unía, incluso en la disputa y la discordia? Lo que nos hacía totalidad. Inconsulta, pero totalidad. Eso que dimos en llamar Humanidad, un nombre que, como todo nombre, es para que lo diga otro. En este caso, por la escala, para ser empleado por otra especie.

Yo creo que todo se fue al tacho cuando abandonamos definitivamente la carrera espacial. Cuando dejamos el interés por los cohetes y las estrellas, Cabo Cañaveral, el Sputnik 1 y la cosmoperra soviética Laika, y nos quedamos acá, los primeros y los últimos, hijas e hijos únicos de la vida, pero no por destacados o especiales, sino por solos. Eso: todo se desmadró desde el día en que “somos solos”.

2.

Con el fin de la carrera espacial, de su intensidad, de la idea candorosa de que mientras dormíamos alguien realizaba cálculos obsesivos para viajar por el sistema solar y las galaxias –el famoso “infinito y más allá”–; con el fin de toda esa ciencia invadiendo los noticieros y las toneladas de cultura pop asociada, pasamos del “no estamos solos”, tan amenazante como prometedor y estimulante, a este nihilista, deprimente y, en términos filosóficos, bastante virgo “somos solos”.

Ya habíamos perdido a Dios en circunstancias largamente conocidas y ahora también nos quedábamos sin nuestros pares de otros planetas, de los cuales podíamos sospecharlo todo, aún la invasión y el exterminio, pero que no dejaban de ser una oportunidad de redención. Ahí quedaron los extraterrestres, que supieron estar a la vuelta de la esquina, como alguna vez también lo estuvo la revolución.

Dejamos de buscar en la inmensidad cósmica, de mandar misiones tripuladas y sondas, y nos quedamos acá nomás, planta permanente de una repartición olvidada, un planeta que ya conocemos de memoria y que no dejamos de maltratar, como si la casa tuviera culpa por el aburrimiento de los habitantes.

3.

Hace unos 25 años que se clausuró la carrera espacial, que se terminaron los verdaderos problemas en Houston, y quizás por eso, arriesgando derivaciones en este texto que es claramente exploratorio, fue creciendo el amor piadoso por las mascotas, los otros que tenemos más a mano, la especie con la que mejor intercambiamos pareceres y hábitos. Entre aquel perro compañero del gaucho, ahí abajo, al trote del caballo, y el perri promovido a hije que duerme en la cama de su humano está, en una serie de derivaciones y carambolas, el desmantelamiento de los programas espaciales.

De las millonarias inversiones público-privadas en transbordadores y telescopios, en todo ese combustible consumiéndose como crema en la pantalla de televisión, pasamos a poner el billete individual en sofisticadas razas de mascotas que ya vienen chingados de fábrica, en bolsas de croquetas superequilibradas y caras, y en una oferta ilimitada de productos que perros y gatos jamás imaginaron necesitar pero que ahora son derechos adquiridos. Todo sea por nuestros alienígenas de compañía.

4.

Y quizás también por haber colgado el traje de astronauta haya hoy en la mesa de la pizzería tan poca charla sobre Carl Sagan y tanta sobre astrología y tarot. Tan poca carta estelar y tanta carta astral, dicho esto con respeto por los arcanos y los surcos en la palma de la mano. Como dice Alejandro Dolina, “todas las ideologías son válidas”.

Constelaciones y estrellas se volvieron algo que puede revelarse desde acá, interpretando los resbaladizos mensajes del horóscopo y su ingeniería de días, meses y año, sin necesidad de recorrer millones de kilómetros para, como bien nos explicó Hollywood, rebotar en cámara lenta sobre la superficie lunar o contemplar a través de lentes potentísimas las explosiones nuclearas más grande del universo.

Los astros, cuya incidencia sobre nuestras vidas es tan difícil de negar como de explicar, ya no producen aquella inquietud monumental, esa necesidad impostergable de ir a ver qué onda en Marte, qué pasa en Júpiter, como está el clima en Mercurio, y con igual ímpetu, a escribir las tres temporadas y los 79 capítulos de Star Trek y su gloriosa tripulación integrada a lo United Colors of Benetton.

5.

La carrera espacial, capítulo estelar de la guerra fría entre gringos y rusos, a la que el resto asistimos como show televisivo, se fue desinflando y terminó a fines de los 80, preludio de la victoria del american way of life. Un ratito después, se acabó también la Unión Soviética, como para que la clausura fuera contundente.

Y, sin embargo, “no hay manera, no hay chances de estar solo”, dice un compañero en la oficina, consultado sobre el asunto. Y lo asisten la razón, las variables y la probabilidad. Pero ya no la fe ni las políticas de Estado. Miramos al cielo más bien poco, buscando drones, no planetas por habitar. El capitán James T. Kirk le puso el cartelito al Enterprise: “Joya, nunca taxi”. Y las potencias redireccionaron sus recursos a la clásica carrera armamentística.

El cine, por supuesto, todavía frecuenta las películas de astronautas. De hecho, así se llama la última de Netflix, Spaceman, protagonizada por el ahora recio Adam Sandler. Pero el nuevo tópico es intimista y psicológico. Los seres humanos viajan al espacio para sufrir las consecuencias introspectivas del aislamiento y la soledad, o para tener un buen diván donde tratar sus quilombos de pareja. Más terrestre no se consigue.

6.

Toda esta, lo admito, por momentos insólita apología de una carrera espacial más imaginada que histórica –nací en el ’79 y cuando dieron de baja esos programas apenas tenía 9 años– no es sino un intento por recuperar alguna utopía ready made en medio de tanta distopía de dudosa calidad.

Cuando la distopía deja de ser un aviso que titila en los controles de la nave, una advertencia de lo funesto por venir, y se vuelve una reiteración, una fascinación, entonces lo que acecha –Jorge Alemán dixit– es la pulsión de muerte. A la vez, como reverso y condición de la distopía, está lo que Enzo Traverso llama “melancolía de izquierda”: tener la mente en sepia, ocupada en recordar la gloria revolucionaria, pero ya no en proyectarla. En definitiva, otro regodeo, otra fascinación que inmoviliza, como el venado encandilado por los reflectores.

¿Por qué entonces los cohetes y su propulsión a chorro? Porque son todo lo contrario, son la utopía del pibito, no del científico, son la antinostalgia revolucionaria y, sobre todo, la no moderación. Los cohetes eran un exceso de todo, un desborde de los límites propios, incluidos los planetarios, aun cuando estallaban tras el despegue. Son la negación del “no hay alternativa” de Margaret Thatcher, numen del neoliberalismo y de sus hijos menos despiertos, los libertarios.

7.

Estoy regresando… y es el momento más triste de mi vida”, dijo el fallecido astronauta Ed White al terminar su caminata espacial en la misión Gemini 4, el 3 de junio de 1965.

Tranquilo, Ed, podemos volver a los cohetes. Pero primero tiene que ser vital, imprescindible.

Morón, 18/3/2024

spot_img
spot_img