May 25 2024
May 25 2024

Un mundo ideal

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Pero tampoco, señor mío, pierdo el tiempo en revolver porquerías para justificarme a mí mismo, para gritar histéricamente, encontré una lacra, no sólo yo estoy sucio.
Abelardo Castillo.

Una reseña sobre Pity Álvarez, la utilidad del arte y el sentido de la vida. | Por Leticia Martínez

La música me salvó la vida. Mis bandas favoritas de la adolescencia no son perfectas. Me la banco. Esas bandas me dieron un tesoro: la posibilidad de ser otra. De creerme que había otra vida posible a la vida que yo vivía entonces. Y lo más importante: me hicieron sentir que yo no estaba sola. Para ser precisa: me salvó la vida una banda de Lugano. Un grupo de pibes a los que me parecía. La música de Viejas Locas me llegó en los 2000, cuando ya se habían separado. Cuando la década anterior había devastado a mi familia y cuando mi mamá (la única que trabajaba en la casa) limpiaba un edificio de 13 pisos para que tuviéramos de comer.

Me veo en aquel tiempo en la feria del Parque Centenario. Compro un cd trucho. Se llama “No es solo rock and roll”, de Intoxicados. Sonidos de reggae, punk, funk. Una mixtura impensada. Cada mañana de mi vida, antes de ir a la escuela, suena la voz del Pity que me dice no dejes nunca de brillar / porque eso me pone bien / cuando estoy un poco mal. Y no sé si yo brillaba pero sé, que en esas cuadras hasta llegar a la secundaria pública de barrio, yo me ponía bien. Así de sencillo y así de complejo.

Cuánto más escucho Viejas Locas, ahora, en este presente, en mi casa del monte, entiendo: se puede ser otra persona. Una idea constante: me inventé un destino. Digo, con lo que había sido esa infancia noventera en Buenos Aires (privativa, privatizada, privada de casi todo) y con la adolescencia en la calle (lugar que no educa sino que ampara, muestra el terror, te mantiene alerta), no era probable dedicarme a la escritura o a la literatura. Interesarme por la música. Repito: eso (las artes) no eran para mí.

Pienso que, de algún modo, tampoco la música estaba hecha para pibes como el Pity. Y lo hizo. Armó una banda. Llenó conciertos. Y creó una épica rockera entre pibas y pibes. Después, lo que sabemos: mató a un hombre y fue detenido. Pero antes, los excesos, la vida rocanrol, la violencia y las denuncias. Cuánto descuido hubo, cuántos comentarios maliciosos sobre su vida. Cuánto sostuvimos que el rock era la autodestrucción.

A esta altura de las circunstancias (de la vida en crisis, del mundo en ruptura) no puedo pensar que el arte no sirve para nada. No confío en que la literatura o la poesía no sirvan. Me encantan los debates etimológicos, las derivaciones (pasé por Letras, así que también tengo ese morbo). De servir: siervo, servil. Eso no me alcanza para pensar en la utilidad. Corroboro en mi historia singular lo importante que fue escuchar Hermanos de sangre y bailar esas canciones lentas con pasos rolingas. No estaba sola, estaba con amigas que eran el convite de esa hermandad musical. Vuelvo: banquemos el error (el defecto), pues esa época (épica) se acaba, el tiempo aquel se olvida y, con eso, se van las personas. También hay que aprender a olvidar.

Nostalgia, no. Idolatría, tampoco. Sino más bien pensar desde el presente. Y digo: esa música, esos bailes y esos recitales me hicieron creer en algo más. No era inspiración sino más bien contención. Cuando todo el mundo me expulsaba, la música estaba ahí, para mí. Y para mis amigas. ¿Es esto cursi? ¿Estoy romantizando? Soy absolutamente cursi. El Pity no era ni es un referente para mí. Pero sus canciones, sí.

No sé si me interesa que el arte sea útil en sí mismo (si es que eso es posible). Pero efectivamente sucede. Y sé que a muchas/os nos sucede. Es un efecto. Me sucedió con la música y con los recitales (por lo menos, hasta 2004) y después, con la literatura. Una novela (Los siete locos, de Arlt), un poema (Dickinson, en la traducción de la Ocampo) que me sacaron del estado en el que estaba. Mejor dicho, me hicieron conectar tan profundamente que pude ver más allá (más acá, dentro y afuera y al revés).

Transformación. Pero si la utilidad (¿utilitarismo?) es otra cosa, en algún otro momento, podríamos pensarlo. O no.

Necesito que mis palabras sirvan. Escribo para que me lean. Lo asumo. El arte como conexión con (entre) las personas. Conmover y sentirme conmovida por eso que hacen las personas y que no son las personas. O sí. O habrá que habitar esa contradicción. No me importa que el afuera (esos otros que siempre me expulsaron) me validen. De todos modos, seguiré escribiendo (lo hago ya desde hace muchos años). Pero me interesa tocar fibras. Desenredar emociones. Si logro mostrar cómo el viento serrano mueve las ramas del aromito por la noche, necesito que alguien más vea ese árbol. Que sienta la frescura en la piel. Que escuche ese viento que escuché. O que inventé.

Una tarde, hace algunos años, cuando mi papá aún vivía, conversábamos sobre el Pity. Yo estaba muy enojada. Me enojaba que, aún detenido, muchas personas siguieran diciendo cosas horribles sobre él. Pensaba: qué más quieren. Entonces, mi viejo me dijo que la vida no es maravillosa. Esto no es un mundo ideal. Y se acordó de los torneos de fútbol que jugaba con sus compatriotas paraguayos en Alsina. Terminaban a los tiros, casi siempre. Recordó los engaños y las matufias. La violencia, la plata que daba vuelta. Recordó que, después de errar un penal, en un partido clave, uno del barrio, lo apretó con una faca. Porque si sos paragua vení y poné huevo’. Era su amigo de toda la vida.

Y me dijo algo que mucho tiempo después entendí: la gente no sabe cómo vive la otra gente. Ahora pienso, nosotras/os somos esa otra gente. No saben nada sobre nosotros/as. Sobre lo que es quedarse en el barrio. Sobre el irse lejos a buscar otros vientos y otros árboles. Pienso en cómo hacemos para hacer otras vidas. Vidas complejas pero menos violentas, más cuidadas. Para que no sea, cada vez, la disyuntiva es él o yo. Qué tiene que ver el arte en todo esto. Conmover y conmovernos. Soy absolutamente cursi. Bancáte ese defecto.

Una canción

“(…) La vida no es rosada / y hay momentos que brillas / y otros te encandila / tu propia oscuridad / Y te entiendo / aunque no lo creas / te entiendo (…)”

“Te entiendo”, fragmento de Viejas Locas. Estrenada en formato maqueta, en FM Mega 98.3, en 2018.

Bio

Cristian “Pity” Álvarez, nació en junio de 1972, en Villa Lugano, Bs As. Es cantante y compositor. Líder y fundador de las bandas Viejas Locas e Intoxicados. Actualmente, se encuentra en tratamiento de rehabilitación por el consumo de sustancias, hasta que esté en condiciones psíquicas de poder enfrentar un juicio por homicidio que cometió en 2018.

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