Jun 03 2026
Jun 03 2026

Una república popular y democrática

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A sangre y fuego viene anunciando la derecha que se propone volver a gobernar este país a partir del año que viene, para hacer de él un valle de sudor y llanto, de todo el sudor y todo el llanto, de todo el sacrificio que será necesario para redimirlo de tantos pecados cometidos, a la cabeza de los cuales esa derecha, que no es ya tecnocrática, consumista y multicultural como la de fines del siglo pasado, sino ahora punitiva, violenta y cruel (tomo esta idea del notable libro que publicó el año pasado Gisela Catanzaro sobre las nuevas modulaciones del neoliberalismo del siglo XXI en el mundo en general y en la Argentina en particular), a la cabeza de los cuales –digo– pone esa nueva derecha el pecado capital del populismo.

Ese populismo fue el objeto de las diatribas reiteradas por el ex presidente Mauricio Macri, pocos días atrás, en el marco de una Conferencia Internacional de la Libertad promovida por grupos de la derecha golpista brasileña en el Hotel Sheraton de San Pablo, en la que volvió a cacarearse el remanido argumento de la ineficiencia del Estado y la pujanza de los “emprendedores”, pero en la que el empresario argentino introdujo, dentro de la muy conocida letanía anti-populista de las derechas latinoamericanas, una novedad que no dejó de llamar la atención a algunos comentaristas: el peligro “global” del populismo, señaló, “se originó en Latinoamérica, y tal vez es en Argentina donde arrancó, primero con Yrigoyen y después con Perón y Evita”.

La frase, en efecto, no pasó inadvertida: la cartilla anti-derechos de las derechas argentinas tiende a subrayar el carácter populista del peronismo, y no suele tomarse el trabajo de retroceder tres décadas para encontrar la misma matriz política en el radicalismo liderado por el sobrino de Leandro N. Alem, cuyo retrato tal vez todavía engalane algún que otro comité de la gastada Unión Cívica Radical, socia del partido del ingeniero Macri en la alianza de derecha Juntos por el Cambio. ¿Hay que leer la frase que comentamos en el marco de la lucha interna de esa alianza, como una advertencia sobre la tolerancia cero que el ex presidente parece decidido a mostrar frente a cualquier resabio de fidelidad a la historia que pudiera albergar el corazón de sus aliados?

No lo sé, y tampoco le pongo muchas fichas, a decir verdad, al peso que puedan tener hoy esos resabios. Dudo que los radicales integrantes de la coalición conservadora ayer gobernante y hoy opositora, carceleros de dirigentes populares, cómplices del saqueo y del endeudamiento fraudulento del país, negadores de la historia y olvidadizos de su propia tradición, conserven todavía la capacidad de indignación frente a este nuevo agravio a los valores contenidos en el credo que alguna vez fue el suyo. Más interesante me resulta pensar esa frase del ex presidente en relación con otras que se pronunciaron, el mismo día en que él la dijo, en el acto, importante y lleno de interés, que compartieron el Presidente y la Vicepresidenta de la Nación para conmemorar los 100 años de YPF.

Porque en ese acto, y en los discursos que se vertieron en ese acto, también se volvió a los inicios de aquellos años 20 del siglo pasado, en los que la derecha argentina ve el comienzo de todos nuestros males, para celebrar la decisión soberana de un gobierno popular de crear una empresa pública, del Estado argentino, del pueblo argentino, para el desarrollo de una actividad estratégica para el país y para la garantía de la soberanía del país en ese campo. La soberanía es otro nombre de la libertad. Es la libertad cuando se entiende que nadie puede ser libre en un país que no lo es. Es la libertad cuando se la entiende no solo como una cosa privada, sino como una cosa pública, como parte de la res publica. La soberanía es el nombre republicano de la libertad.

Y tiene como sujeto al pueblo, si podemos designar con esta vieja palabra de nuestros lenguajes políticos al protagonista colectivo de esa vida soberana de la nación, al sujeto de esa libertad común, y al titular, también, de un amplio y creciente conjunto de derechos que el Estado tiene que garantizar. Libertades y derechos. Ni las primeras pueden ser pensadas apenas como las libertades de los agentes económicos en el mercado ni los segundos pueden ser subordinados a las posibilidades de cada “situación” para atenderlos. La suprema burrada sobre necesidades y derechos de Carlos Rosenkrantz en Chile es la otra cara de las barbaridades reaccionarias de Macri en el Brasil. Contra esas dos caras del anti-populismo de las derechas argentinas combatimos.

El importante acto por el centenario de YPF les permitió a los máximos referentes del Frente de Todos mostrar sus amplias coincidencias en los temas decisivos de esta hora. La imagen del Alberto y Cristina juntos (y conversando y discutiendo: eso es estar juntos del único modo en que tal cosa tiene algún sentido políticamente interesante) es una señal fuerte y necesaria. Claro que no alcanza: claro que no son solo ellos dos los que deben conversar. Por el contrario, es necesario construir muy amplios espacios de confrontación de ideas, argumentos e intereses de todas las organizaciones que deben ser convocadas o convocarse, del movimiento obrero, de los trabajadores de la economía popular y de los que se han quedado sin trabajo.

Se ha dicho: es con todos ellos adentro. Adentro y discutiendo, me importa especialmente subrayar. En efecto, no basta con que la república que queremos y que estamos construyendo tenga al pueblo como objeto de los desvelos de sus gobernantes. Ni siquiera como objeto de sus mejores políticas de inclusión, contención o reducción de los daños de la crisis. Todo eso está muy bien, pero no alcanza. El pueblo no puede ser solo objeto, sino que debe ser también sujeto. De participación, de discusión, de decisión. Lo que es otro modo de decir que esa república que queremos y que estamos construyendo no puede ser solo una república socialmente popular, sino que debe ser también una república políticamente democrática.

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