La vicepresidenta Cristina Kirchner apeló ayer a un hilo de Twitter para ponderar, sin celebrar, el leve descenso de la pobreza en Argentina y advertir sobre el fenómeno de alta inflación por oferta, antes que por demanda. “El Indec publica hoy datos sobre el descenso de la pobreza del 37,3% al 36,5% en el primer semestre del 2022. Sin embargo en el mismo período la indigencia aumentó del 8,2% al 8,8%, esto evidencia el impacto del fuerte aumento en los precios de los alimentos”, tipeó en el primero de sus tres mensajes zurcidos la líder del Frente de Todos (FdT), y agregó: “está más que claro que estamos ante un fenómeno de inflación por oferta y no por demanda. Las empresas alimentarias han aumentado muy fuerte sus márgenes de rentabilidad”.
Hasta allí, el dato duro y el diagnóstico, dos elementos centrales de cualquier análisis político, pero faltaba la puntada final. “El ministerio de Economía ha trabajado duro en todas las áreas de su competencia, pero es necesaria una política de intervención más precisa y efectiva en el sector y, al mismo tiempo, diseñar un instrumento que refuerce la seguridad alimentaria en materia de indigencia”, escribió tras el anuncio de las mediciones del organismo público.
En modo de narradora omnisciente, la ex Presidenta desacomodó a sus detractores en el sistema político y el mainstream mediático. Rompió, así, el silencio que auspiciaba en sigilo el ajuste protagonizado por el ministro de Economía, Sergio Massa.
Hasta donde sabía este medio, sus críticas al tigrense emergerían recién en diciembre, en los prolegómenos de los reperfilamientos para la próxima campaña electoral, si la situación económica no se modificaba. Que se haya despachado a fines de septiembre solo puede significar que el estado del arte es más complejo de lo que se ve: el establishment no le garantiza a Massa el sosiego que el peronismo precisa mostrarle a una sociedad extenuada por las distopías ondemand, el drama del ágora que observa con ajenidad y la pérdida del poder adquisitivo que vive como una estafa política antes que el amargo resultado de la puja distributiva.
Aun así, no beneficia a una dirigenta de su talla emprenderla como comentarista. En su auxilio, si es que existió algún tipo de coordinación previa con el tigrense, deberán acudir el Palacio de Hacienda en general y la Secretaría de Comercio en particular: para no reducirse a la magnitud de una columnista 2.0 del gobierno que integra ni quedarse prendada como aliada de la experiencia gubernamental que alumbró con su diseño electoral de 2019, necesita que el Poder Ejecutivo encuentre las herramientas eficaces para que el alza inflacionaria no siga yugulando el bolsillo de los argentinos.
Cerca suyo, relativizan el primer tirón de orejas a Massa. “Habló de un problema que afecta a la sociedad”, alegan. Cuando la Vicepresidenta pega un viral en redes, los editores tiran una moneda al aire apostando si deriva en cambios de gabinete o una temporada de zamarreos.
Su explicación tuitera desactiva, por un lado, la iracundia de los que despotrican porque sólo se pronuncia sobre el Poder Judicial que la persigue sin pruebas, los medios de comunicación que la condenan sin facultades jurídicas y una derecha que promueve el resentimiento contra su figura y su deshonra. Pero, por otro andarivel, habilita un rumor soterrado desde que el jefe del Frente Renovador desembarcó en el Ejecutivo nacional: dólar a piacere de los exportadores y congelamiento de precios y salarios. El olor a repliegue táctico se confunde con el espeso temor a la rendición definitiva.
La faena parece improbable porque el propio kirchnerismo propugna desde los días de diatribas que martirizaban a Martín Guzmán un aumento de salarios por suma fija y el tópico habría sido parte del menú del encuentro del presidente Alberto Fernández con la cúpula mocha de la CGT el lunes pasado y el mano a mano que mantuvo ayer con el camionero Pablo Moyano, la tercera pata del triunvirato disfuncional de Azopardo. No sería, de todos modos, la primera vez que se rifa una bandera flameadora en la errática administración en curso.
El problema más complejo emergería si las observaciones de la Vicepresidenta no se traducen en una iniciativa concreta o un cambio en la actitud. Si su hilo de Twitter deriva en una herramienta eficaz contra el abuso de los que timbean planillas de Excel con su rentabilidad pero esconden su estructura de costos, al menos habrá evitado el error de los dirigentes que se quedan en la consultoría frente a las injusticias que deben combatir.
Así como el general Juan Domingo Perón acuñó que la única verdad es la realidad, Karl Marx sostuvo en sus Tesis sobre Feuerbach que los filósofos se jactaban con sus interpretaciones del mundo pero el verdadero desafío era transformarlo. “Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento”, aseguró el autor del Manifiesto Comunista.
Indómita e ingrata, la Argentina es generosa con los que le cuentan cuentos pero reniega de los que espoilean la historia porque saben cómo termina u ostentan el conocimiento de todo lo que pasa. Igual que en la película Matrix, la mayoría saborea con delicia la ficción que la condena a la ignorancia y envidia venenosamente a quienes buscan la comprensión.
Cómoda en su desprendimiento delegativo pero jacobina en la cita con las urnas, su ciudadanía no se funda tanto en la identificación y pertenencia a un esquema de valores y creencias como en la noción de su derecho a que los mandatarios resuelvan sus problemas como anverso de su contrato mercantil –pero ad-honorem– con la democracia. En pampas atendidas por sus propios dueños, la insatisfacción sobre la que reflexiona la Vicepresidenta es inexorable y la impotencia política ya funciona como matrícula para la inscripción de cualquier aventura rumbo a los comicios.
“Hablar es hablarse”, le hizo decir Julio Cortázar al Minotauro en Los Reyes. Pero es como pedalear en el aire si no se derriba un solo muro del laberinto y la bestia termina domesticada.



