Sergio Massa está urdiendo la nueva trama del uniforme argento contra los herederos o depositarios del coloniaje. “Hay que romper Juntos por el Cambio”, parece ser la consigna inconfesable en el entorno del candidato presidencial de Unión por la Patria.
De ahí sus persistentes apelaciones a un gobierno de unidad nacional contra el proyecto de La Libertad Avanza. La foto de ayer con los gobernadores del Norte Grande, incluidos el jujeño Gerardo Morales y el correntino Gustavo Valdés, fue lo más elocuente pero había indicios de ese deslizamiento en distintas acciones de las últimas semanas, y no necesariamente imputables al ministro de Economía.
Las declaraciones del ex diputado Emilio Monzó advirtiendo que, después de octubre, todo el campo de lo difusamente democrático deberá abroquelarse contra Javier Milei o los susurros off the record que se escuchan en el Congreso sobre una nueva reconfiguración, las acusaciones lacerantes sobre quién facilita el quórum y quién no o el tardío despabilamiento del sindicalismo van en esa dirección. Pero ninguno de esos desplazamientos tectónicos se verificarían antes del 22 de octubre: por las dudas, cada cual sigue yendo a su pulpería amiga.
No obstante, hacen falta nervios de acero para no ahogarse en la incertidumbre de un escenario político y social sin normalización psíquica.
Por caso, el sociólogo y magíster en Políticas Sociales Matías Cambiaggi ensayó una serie de explicaciones posibles en la revista Realidad en Aumento, en un artículo titulado “F5”.
Allí señaló que, entre los sacerdotes de la liturgia, hay quienes asocian al peronismo como una máquina de poder y quienes suponen que es un jacobinismo estatal. “El peronismo real encontró siempre su lugar entre universos caóticos y aparentemente enfrentados, aunque dispuestos al diálogo. Por eso es necesario buscar su definición en la irrupción, antes que en su cauce. El peronismo buscó o fue, de hecho, siempre el cauce de una fuerza que, en distintos sentidos, lo precedió. Y lo fue de un modo particular. Quizás como partido del orden, pero no conducido por la gorra policial. Sino por comuneros, que se saben de los dos lados del mostrador del Estado, sin ponerse colorados. Comuneros atravesados por una lógica tan virtuosa como, en esencia, breve. Por eso el agonismo en su faceta estatal, por eso su recreación social desde el llano”, tipeó.
Dice Cambiaggi:
En la sistemática irrupción de la parte y su exigencia de reparación histórica, interpretada por el peronismo, como la única posibilidad de dar fin y sentido al rompecabezas nacional, entre el 45 y el 2001 lo que se abrió lugar a fuerza de proyectos “modernizadores”, de militares y radicales sobre todo, pero también del propio peronismo, fue el museo del Estado social y algunos de sus principales animadores, los obreros musculosos de Carpani.
Quien depositó metalúrgicos, en el recorrido de la fábrica al barrio, recibió doñas de comedores, hijos con mocos, Okupas como Ricardito y El pollo y un montón de jubiladas insumisas. Todos ellos y ellas sin ilustraciones ni grabados, pero con la misma épica de aquellos.
El peronismo modelo 2000, aunque formateado en un imaginario muy distinto, también supo interpretar a este sujeto, pero claro, con dificultades y límites varios. Aceptando a regañadientes que aquel mundo del General ya no era y sin biblioteca a disposición para pensar alternativas estratégicas para el cambio de rumbo exitoso y la interpretación de los- en aquel momento- nuevos protagonistas.
Las claves del comienzo del nuevo milenio argentino, con la sociedad movilizada en las calles y dispersa en las urnas entre cinco candidatos, implicaron para Kirchner, en relación a la construcción política, un trabajo adicional al que llevó adelante Perón para el apuntalamiento de un nuevo sentido común y la paciente costura de los propios para que se asumieran como tales, a pesar de toda su fragmentación.
Así las cosas, el autor formula la hipótesis acerca de que tal vez al peronismo se le escapó la tortuga luego de dos largas décadas de redefinición de qué fue y qué es. A su criterio, en las primarias “el peronismo no fue el intérprete, ni el cauce de la irrupción social, sino su sorpresivo destinatario”.
Podría solicitarse la asistencia, en esta faena deliberativa, de lo que escribió Lorena Álvarez, socióloga y co-conductora del programa Pasos perdidos, en FM La Patriada, junto a Fernando Amato.
Ante el desperfecto de los termómetros que se manifestara en las primarias de agosto, después de que el peronismo gobernara 16 de los últimos 20 años -“los años que vivimos politizados”, plantea para meter el dedo en la llaga-, recupera la invención de Doña Rosa que hiciera Bernardo Neustadt para aludir al déficit de un Estado que, quizá, en buena medida hizo la mímica de estar presente para un grueso sector de la sociedad. Se acuerda también de la Nelly, la empleada pública que interpretaba Antonio Gasalla y un reportaje televisivo a Roberto Galán, peronista de la vieja guardia que pedía que se privatizaran los canales de TV. «Ya que está en manos de funcionarios burócratas que no saben nada», decía.
Los aires de cambio soplaban desde rincones insólitos, marca Lorena en su texto. Y lo describe así:
El menemismo, con su teatral fastuosidad, moría por nacer durante el alfonsinismo.
Las modelos posando en arenas, las modas dictadas desde una revista de socialité como «Gente» o «Para tí» y los ojos puestos en balnearios top como Punta del Este comenzaron a ser moneda corriente aspiracional, luego del «deme dos» de los años de Martínez de Hoz. Así se construyó en los 90’, sin Muro y con una globalización en ciernes, el retrato perfecto del éxito.
Del chalet a la casa en el country como chapa de ascenso y del Renault 12 azul al Suzuki Swift blanco.
Salvo durante el estallido del 2001, donde se cantaba que «piquete y cacerola, la lucha es una sola» y parecía aunarse a distintos sectores de la sociedad, volvió la programación habitual cuando todo se estabilizó: a consumir que se acaba el mundo.
Si el menemismo inició la democratización del lujo para una porción mayor, accediendo a viajes, autos y perfumes importados, los años kirchneristas fueron el golpe final. Una economía estable, crecimiento y el deseo al alcance de muchos más argentinos. Los años politizados quizás fueron demasiado narrados, olvidándose de que muchos seguían su vida entre el shopping, los tratamientos de belleza, los electrodomésticos y las vacaciones. Y el resto, no alcanzaba a esto pero soñaba con ser parte de ese grupo. La patria era el otro. Pero el otro consumidor.
Ambos materiales suponen caminos valientes en un laberinto al que, por ahora, ningún dirigente le encuentra salida. Entre las pistas de la vicepresidenta Cristina Kirchner, aunque siga errando en el diagnóstico o las razones que esboce sobre el voto en 2019, también hay un match o vínculo seductor para seguir pensando: el anhelo de vivir mejor no puede simbolizarse como signo de la derechización. Y si eso es así, no es operativo detenerse en la pasteurización ideológica de lo que se haga para ganar la elección porque resulta crucial politizar cada engranaje de la desvencijada carreta del peronismo para rescatar a los postergados antes que la devastación lo estrague todo.



