Por Juan Carlos Otaño.
Cualquiera sea el género en el cine estadounidense, veremos que todo se arregla a los tiros. Ya sean películas de gangsters, bélicas o del lejano oeste, el gran personaje del film siempre es el arma de fuego. Y el hecho de abatir al enemigo se presenta como un recurso válido para cualquier acción dramática.
El asedio a las caravanas, el ataque de los indios a una diligencia, se interpretaba como una agresión injustificada, y era horroroso comprobar, cincuenta años antes de Bullrich, que los espectadores estallaban en aplausos y gritos de júbilo con cada piel roja derribado. En estas representaciones, el campeón de la horda civilizatoria era reconocido como “el muchachito”, aunque a veces frisara los setenta años como en el caso de Randolph Scott, cuya obra cumbre del mal gusto justamente se titulaba “Colt 45” (Edwin L. Marin, 1950): Un vendedor de armas de fuego se presenta en la oficina del sheriff para ofrecer unas pistolas innovadoras, las Colt 45, con tambor apto para seis disparos. “Durante la guerra de México estos revólveres fueron los responsables de nuestras victorias”, le dice al sheriff como para incentivarlo. Pero un pistolero que estaba tras las rejas logra reducirlos a ambos, mata a unos cuantos ayudantes del jefe y se roba las pistolas. A partir de allí el vendedor se transforma en “el muchachito” y toda la película transcurre tras la pista del fascineroso. Al finalizar la saga y recuperar los Colt 45, Randolph es premiado con el beso de “la chica”.
Según confesiones de Clint Eastwood (ícono de los maravillosos westerns spaghetti de Sergio Leone), la peor película de su filmografía llevaba por título “Ataque bajo el sol” (Ambush at Cimarron Pass,s1958). Filmada en ocho días, consistía en la misión de un grupo de soldados que debía llevar unos rifles hasta el fuerte de avanzada en tierras apaches. Los indios les roban los caballos y deben seguir caminando a través del desierto, sin agua ni alimentos. “Fui a verla y me dije: ‘estoy acabado’. Tengo que volver a la escuela. Tengo que hacer otra cosa, tengo que conseguir un trabajo de otro tipo”, reflexionaba Clint Eastwood el día del estreno.

Otro film de culto imposible de soslayar es “El forajido” (The Outlaw, Howard Hughes, 1943), donde casi el único atractivo de la película es un revolcón en un granero con Jane Russell y el efecto del balanceo de sus pechos cuando cabalga a todo galope.

Pero el sumun de incompetencia en el género “western” sin duda estuvo representado por dos paladines del séptimo arte: Sam Newfield y William Beaudine. Del primero sobresale su “Terror en la Ciudad Enana” (The terror of Tiny Town, 1938). La película había sido inspirada por un empleado de la productora, Spectrum Pictures, cuando alguien lo escuchó lamentarse del estado del negocio cinematográfico. Dijo: «Si esta economía no mejora, tendremos que empezar a hacer películas con enanos”. Aparentemente no debió mejorar demasiado, porque acabaron por tomar la sugerencia al pie de la letra. El cartel publicitario se anunciaba con esta promesa: “Chicos pequeños con grandes pistolas”. El film comenzaba con un maestro de ceremonias anunciando, sobre el escenario de una sala de cine: “Damas, caballeros y niños de todas las edades, vamos a presentar para su aprobación una película novedosa con un elenco exclusivamente enano, la primera de su tipo que se haya producido. Me dicen que lo tiene todo, es decir, todo lo que debería tener un western”. El argumento ha sido resumido de esta manera por el crítico de IMDb: “Un enano malvado y pistolero viene a aterrorizar a la gente buena de Ciudad Enana. La gente del pueblo se organiza para derrotarlo y se producen travesuras estrafalarias”. Para darle un poco de cuerpo a una trama que en sí misma sería muy sumaria, se la enriquece con una historia de amor al estilo de los Montescos y Capuletos: Los Preston y los Lawson, principales familias de Tiny Town, se acusan mutuamente por el robo del ganado, enemistad que interfiere en las relaciones entre Buck y Nancy. Luego se producen algunas peripecias hasta que el verdadero cuatrero explota en una cabaña. Neutralizado el peligro, Nancy y Buck se besan al pie de un árbol y aparece el cartel con el clásico “The End”.

Inspirada en esta película, la obra de un director desconocido, pero cuyo productor Karl Hardman (después, uno de los responsables de “La noche de los muertos vivos”) filmó para la televisión “El niño ante” (The Buckskin Kid, 1958). Era lo mismo que “El terror de Tiny Town” pero con niños en lugar de adultos pequeños. Los ponis eran sustituidos por caballos de escoba, y las voces de todos los personajes (incluidas las de las mujeres) eran dobladas por el mismo director, quien trataba de cambiar de tono al pasar de un actor al otro. Filmado un piloto para la televisión, parece que no fue aceptado.
Cincuenta años antes de “Cowboys & Aliens” (Jon Favreau, 2011), William Beaudine, director de algunos capítulos de “Rin Tin Tin”, “El avispón verde” y “El Club de Mickey Mouse”, se animó a amalgamar el género del western con los de terror y ciencia ficción. Así nacieron “Billy the Kid contra Drácula” (Billy the Kid versus Dracula, 1965) y “Jesse James contra la hija de Frankenstein” (Jesse James Meets Frankenstein’s Daughter, 1966). La primera de estas dos horribles películas tiene como protagonista, en el papel del conde vampiro, al infaltable John Carradine. Ya había hecho el mismo papel en “La mansión de Drácula” (House of Dracula, Erle C. Kenton, 1945), utilizando los mismos efectos y como si el tiempo no hubiera transcurrido (aparece nuevamente con galera y un gran moño rojo, y se desplaza bajo la forma de un murciélago manipulado con hilos). Dejando atrás los tiroteos en los salones de la frontera, Billy the Kid intenta reformarse y fundar una familia, pero se interpone el Drácula/Carradine secuestrando a su prometida, para llevarla a una mina abandonada con la intención de convertirla en la última de sus novias. Por supuesto, todo termina con una estaca en el corazón y la muchacha despertando del espantoso sortilegio.


La segunda transcurre en un pueblo mexicano donde Onix, la hija de Frankenstein (que en realidad resulta ser su nieta), huyendo de Alemania por sus malas praxis se propone continuar con los experimentos del abuelo. Entonces resulta ser la víctima nada menos que el acompañante del pistolero Jesse James, una especie de patovica de puro músculo y poco cerebro. Se le coloca en consecuencia la masa encefálica del Baron von Frankenstein, conservada en formol y latiendo todavía como si fuera un corazón. Nos dice la Overlook Film Encyclopedia que esta versión sería insoportable de no ser por Onix, quien convierte al científico loco en “una prima donna ricamente madura y quejumbrosamente pervertida”.
En fin, el que quiera andar armado que ande armado.



