Por Juan Carlos Otaño.
¿Quién no se ha matado de risa alguna vez escuchando sus propias elucubraciones? «El que solo se ríe, dice el refrán, de sus travesuras se acuerda». Pero acaso no únicamente de las suyas, sino también de las ajenas. De este modo, me veo a mí mismo hacia los 16 o 17 años, durante el recreo en un colegio secundario, revolviendo en los cajones del escritorio de los profesores, para encontrar solamente un pequeño recorte de papel en el que alguien, anónimamente, había escrito esta frase:
«Madre olfa, padre manyaoreja».
— Manyaoreja proviene del italiano «mangiare» (comer), vale decir que se refiere a un individuo que se alimenta de orejas. En cuanto a olfa, en el argot o lunfardo rioplatense, es sinónimo de cretino. Remite, entonces, a una cierta forma de debilidad, de carencia.
Un primer contacto con ese humor enajenado, malicioso y siempre independiente frente a la consideración de los pilares fundamentales de la familia, o, digámoslo técnicamente, de las instancias parentales, hallado por añadidura en el espacio de una institución educativa al despertar de la pubertad, reviste inequívocamente un carácter iniciático. Y es al mismo tiempo una demostración de que nunca se elige el surrealismo de una manera consciente o voluntaria, sino que más bien es el surrealismo quien te elige. Esto desecha toda posibilidad de dogmatismo o sujeción a una doctrina cualquiera: no se trata de una letra que con sangre deba penetrar, sino que éste brota inefablemente bajo determinadas condiciones y circunstancias.
Por cierto que hay sujetos que se hallan perfectamente dotados para la provocación. Antaño un joven amigo gustaba, al caminar por la calle, de extraer inesperadamente un encendedor y presionar por detrás, con uno de sus extremos, el rodete de una anciana cualquiera que transitara. Otro, estudioso de las ciencias ocultas (venía de tomar unos primeros rudimentos del árabe para poder leer grimorios de fuentes directas), de pronto se aparecía en una panadería y, con toda naturalidad, como si se tratara de un viejo confidente, se dirigía al primer cliente ocasional que esperase ser atendido. Comenzaba diciendo:
— Hoy no te has afeitado…
Otros (eran dos) se llamaban por sus nombres de pila en medio de la multitud, como si no supieran que iban juntos y se hubieran perdido o desencontrado. Lo que, en perspectiva, no deja de evocar aquella paradoja del encuentro y el desencuentro, expresada en el diálogo de Groucho Marx que Robert Benayoun recoge en su libro sobre el humor absurdo (*) :
— ¿No nos habíamos visto antes, en Buffalo?
— No lo creo. Nunca he estado allí.
— Yo tampoco. Debieron haber sido otros dos.
Desde ya que no todo el mundo está preparado para participar de esta clase de práctica sublunar. En ocasiones se toma muy a mal y termina peor. Pero lo que importa verdaderamente, es que siempre se trata de irrupciones inesperadas, o deslizamientos que actúan sobre la dura corteza de los hechos — de los hábitos adquiridos de lo «real» aparente —, teniendo la rara cualidad de modificarlos al igual que lo hacen en la Tierra las llamadas placas tectónicas. Son los procesos de subducción que, en unos casos provienen del cinturón de fuego del Océano Pacífico, y en otros del puro magma del inconsciente.
Pero, volviendo hacia atrás, hasta el ejemplo del amigo del encendedor, él siempre se divertía al escuchar la canción «Kashmir» interpretada por Led Zeppelin, diciendo que apreciaba sobremanera su calidad «elefantiásica» («elefantina», tal vez quería decir). Por lo que sospecho que estas peculiares naturalezas obtienen su inspiración de las fuentes más insospechadas, que actúan para ellas como auténticos vasos capilares aportándoles oxígeno y nutrientes.
Nos estamos moviendo a través de Cachemira
Oh, padre de los cuatro vientos llena mis velas
Cruza el mar de los años.
Podría ser tal vez una canción, un sueño, una frase oída al pasar, un súbito recuerdo; o a veces el hastío de una tarde transcurrida en los sórdidos pupitres escolares, en las horas muertas o en la certeza de un tiempo perdido en absurdas e inútiles rutinas, lo que despierta en ellos un cierto humor irresistible.
Entonces no hace falta ser un Thomas Warton, ni la reina de Montmartre, para rendirse ante la evidencia de qué clase de delicias suscitan esos estados saturninos:
Pocos saben que Elegancia, de alma refinada
y suave sensación,
Siente una más rápida alegría por las escenas de la Melancolía
Que el orgullo aburrido,
De insípido esplendor y magnificencia,
Que en nada puede retribuirnos (**).
—
(*) ROBERT BENAYOUN, Les dingues du nonsense. De Lewis Carroll a Woody Allen, 1984.
(**) THOMAS WARTON, The Pleasures of Melancholy. A poem, 1747.
