Jun 03 2026
Jun 03 2026

Conducir, mandar y perder

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La literatura periodística, inspirada en un debate político que hiede chatura, abunda en metáforas sobre la lapicera de los que deberían aplicar jefatura pero reflexiona poco sobre el mandato popular. La paradoja de sociedades que escogen soberanamente la subordinación nacional. | Por Pablo Dipierri

“Podemos ir a elecciones, claro que podemos, pero corremos el riesgo de que nos pase lo que a (Arturo) Frondizi y a (Arturo Humberto) Illia”, dijo el senador Oscar Parrilli durante la ceremonia de conmemoración de la asunción de Néstor Kirchner como secretario general de la UNASUR, ocurrida el 4 de mayo de 2010. En su intervención, el legislador advirtió que Argentina tiene “una democracia mutilada, donde la violencia ha vuelto a instalarse como una práctica democrática”, y luego de cargar a esa cuenta el intento de magnicidio perpetrado contra la vicepresidenta Cristina Kirchner el 1º de septiembre pasado, añadió: “a Cristina la están proscribiendo, no la quieren como candidata, verán ustedes cómo, en los próximos días, se sumarán nuevas causas en (su) contra”.

La espesura de ese contenido radica en la conspiración deliberada que trafica contra cualquier fórmula peronista en los próximos comicios, incluso en caso de que la líder del trizado Frente de Todos bendiga a alguno de sus afiles actuales, como el ministro del Interior, Eduardo Wado De Pedro, o el titular de la cartera económica, Sergio Massa. Aún cuando el tigrense no sea de su riñón ni maride con el paladar kirchnerista, la ex Presidenta lo protege por dos razones concurrentes: por un lado, precisa que el tembladeral financiero no hunda al gobierno que diseñó y, por otra parte, sabe que nadie que exprese lo mismo que ella representa puede imaginarse como vencedor en un eventual ballotage.

La comparación del saldo electoral que arrojen las urnas en 2023 con la candidatura de Frondizi en 1958 y la de Illia en 1963 carece de rigor histórico, aunque acomode estéticamente una pose épica para una época de blandura ética. Si bien fuentes del Senado consultadas por La Patriada indican que Parrilli tiene plena autorización para estas incursiones verbales, fue Juan Domingo Perón quien mandó a sus partidarios a votar por la UCRI desde su exilio. Tanto que hasta trató de que su delegado en el país, John William Cooke, persuadiera al picante Alejandro Olmos para que su influyente periódico, Palabra Argentina, declinara su promoción del voto en blanco ante la ausencia del fundador del movimiento.

El entendimiento de Perón con Frondizi, un oscilante dirigente que no pasó de su grisura en tiempos convulsionados, se basaba en la promesa del levantamiento de la proscripción. Y más allá de su incumplimiento o sus titubeos, fue derrocado por un nuevo golpe militar cuando habilitó las listas peronistas para la competencia electoral en Provincia de Buenos Aires, con el triunfante Andrés Framini a la cabeza. “¿Qué seguridad tenemos de que Cristina sea candidata y digan que no puede asumir porque la Corte Suprema dicta la sentencia definitiva?”, inquirió el edil neuquino en su alocución, y advirtió que la cita con las urnas coincide con la inviabilidad financiera: “con esta deuda que nos dejó (Mauricio) Macri con el FMI, no se sostiene, no se aguanta”.

El diagnóstico suele proyectarse sobre lo que podría pasar, analizando lo que ya ocurrió como argumento experimental para el análisis de la coyuntura que se abre en el horizonte. Sin embargo, el oficialismo abusó durante los últimos tres años de conjeturas que no se corroboraron totalmente y tendieron a la inmovilización gubernamental. Pasó con la discusión sobre el aumento de tarifas por quita de subsidios y los vaticinios sobre el conflicto que se desataría con la base de sustentación kirchnerista, como así también con las implicancias negativas del acuerdo de facilidades extendidas rubricado con el Fondo: la fragilidad de estas semanas habría que buscarlas en el estrangulamiento político autoinfligido más que en las metas incumplibles que fija el organismo multilateral de crédito. Porque el problema no es –jamás lo fue- maniobrar entre el desacato y la supuesta voluntad de honrar los compromisos adeudados sino cometer la torpeza de no acumular fuerza social para volantear en ese desfiladero con más autonomía ante el encorsetamiento de la arquitectura financiera.

En ese contexto, cobra más vigor que la querella por la falta de coraje para utilizar la lapicera desde la Casa Rosada la pregunta acerca del mandato popular, es decir, los deseos o demandas que la sociedad delega en sus mandatarios. La comprensión de que una mayoría social inasible anhela que rija la concordia y se pueda ir de casa al trabajo y del trabajo a casa para disfrutar de la última serie de Netflix o gozar de espacios de serenidad en familia es prácticamente intragable para una militancia pretoriana, aleccionadora y sancionatoria de la plasticidad ideológica de un sujeto social difuso y constituido antes como consumidor que como un engranaje más de la clase obrera.

El mandatario es, en definitiva, el depositario de los trámites administrativos que el ciudadano curtido en la democracia liberal de baja intensidad considera un servicio. Liberado de mayores responsabilidades, asimismo el individuo reducido a sufragista especula en sus opciones políticas, cruzadas por simpatías ideológicas, adhesiones emocionales y cálculos racionales, con el talento o genio político del dirigente cuyo nombre deposita en las urnas para la resolución de problemas que requieren una creatividad o compromiso que el votante no tiene ni quiere tomar, respectivamente.

A menudo, las fracciones más combativas del progresismo local analizan la escena con un iluminismo cercano al sacerdocio y reprochan a los segmentos que deben convencer con descalificaciones que lo alejan de su propia zona de interpelación y seducción. Es como si el pueblo fuera pueblo nada más cuando coincide con sus retuits pero es una masa disgregada e inoculada por el aguijoneo mediático cuando no likea ni matchea con las consignas que el dirigente agita.

En ese sentido, las palabras de Parrilli, que también pueden encontrarse en otros referentes de la experiencia política en curso, operan como una suerte de renuncia a la política. De antemano, clausuran toda posibilidad de prevalecer en el territorio con reconfiguraciones plebeyas que reviertan las condiciones socioeconómicas que denuncian. Después de la locura macrista que advino ante una campaña sin mística ni acompañamiento enfático a Daniel Scioli desde el kirchnerismo en 2015, parece suicida que se caracterice el escenario con impugnaciones que arrastrarían a la derrota hasta a los candidatos que retienen la intención de voto y la esperanza de quienes atesoran en su corazón los días felices de los mandatos kirchneristas.

Con orientación similar, se explica la victoria del lugarteniente de Gerardo Morales en Jujuy, Carlos Sadir, o el tropiezo de Gabriel Boric en la elección de convencionales constituyentes al otro lado de la Cordillera de los Andes. Los avances de las derechas se califican como carencia de conciencia en el electorado y habilitan pases de factura cruzados entre dirigentes que se acusan de tibieza en algunos casos o patrulla perdida en otros.

Como en un River-Boca, las derrotas son guachas o culpa del árbitro. El narcisismo imperante impide que el que pierde se anime a mirarse al espejo de su impotencia y asuma que el rival también juega y la subordinación soberana puede resultarle un camino más tentador a un electorado al que se le comenta la realidad por TV y se lo embadurna con excusas.

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