Jul 24 2024
Jul 24 2024

LA ABUNDANCIA DE LO PEQUEÑO

Publicado el

Textos y fotos Flor Cosin

 

Llegamos al mar los cuatro juntos. 

Por primera vez, después de muchos años, todo está bien.

No te distraigas, me digo mientras escribo. Que las cosas que no funcionan, las que no tenemos, las que se rompieron y quedaron guardadas. Que nada te distraiga, que seamos capaces de mantenernos de pie en esta lomada del camino 

para ver el mar

verde y quieto en el horizonte

Hay bandera celeste. 

Entramos al agua separados, de a uno, de a dos. Llevo a Eva de la mano, este año aprendió a nadar. Es la primera vez que se mete tan profundo. Atravesamos la rompiente cada uno a su paso y nos encontramos mar adentro. Equidistantes, los cuatro formamos una línea flexible. Un antes y un después. Las olas son grandes pero mansas. No te asustes, las podemos saltar manteniendo la cabeza en alto y las escuchamos romper a nuestras espaldas. 

Merecemos esta pequeña felicidad: nadar todos juntos y que el sol nos caliente la piel cuando volvemos a casa, mientras pensamos sobre qué vamos a escribir cuando las chicas se acuesten o antes de que se despierten. 

 

Si al terminar el día o empezarlo

al fin sentimos que en verdad 

merecemos escribir. 

 

 

 

 

Pero qué quiere decir merecer, merecer escribir. Qué nos permite desear y ser deseo. Palabra escrita y voz que nombra. 

Desde que nos conocimos, hace once años, venimos siempre al mismo lugar. Un pueblo de pocas casas desparramadas a la orilla del mar. Cuando llueve fuerte los caminos de tierra  se anegan y se corta la luz. Pasan varios días hasta que el clima se compone y podemos volver a la playa. Pero este verano no hay viento y el agua no tiene algas. Al atravesar la rompiente dejamos atrás las discusiones y lo que no nos animamos a decir.  Escribí para entender lo que nos pasó. Escribí durante todo el año, como si volviera a un lugar conocido que hace tiempo no visitaba. Corregí los poemas con perseverancia, cada palabra, cada corte de verso. Nuestro maestro dice que no se corrigen textos sino personas. Cuando escribimos alcanzamos la mejor versión de nosotros mismos. Nadamos en esta playa hace once años y es siempre distinta. El agua es testigo. Nos vió volver cada verano también distintos con el paso de los años. Nos hicimos padres un poco más grandes, un poco más fuertes.   

 

 

 

 

Escribo en la mesa del comedor antes de que todos despierten. En la misma mesa en la que más tarde nos sentamos a comer.

En realidad Eva me despierta. Se para al borde de la cama, muy temprano y me pregunta: qué hora es. Todavía no amaneció. Abro los postigos. El cielo está claro, de un celeste más intenso hacia el oeste. El camión de la basura se llevó las bolsas que había en los frentes de las casas y dejó sobre el pasto algunas botellas de vino vacías. Eva busca a Román y salen a juntar flores para vender. 

El viento trae voces de otras cosas, conversaciones entrecortadas y el sonido de las olas que rompen en la orilla. Escribo una historia pequeña y sencilla para ser leída un día de sol en la playa, la arena tibia moldeando el cuerpo que busca la sombra para entrar en la lectura con la piel caliente. Desear y ser deseo. Escribir y leer. Dos movimientos que forman una sola figura, una forma de vivir: los cuatro entramos al agua, formamos una línea fuerte. El primer hexagrama, el cielo. Cruzamos la rompiente, el movimiento. Durante años esperamos un verano sin viento y sin lluvia, lo merecemos. Merecemos la abundancia de lo pequeño, nadar contra la corriente, salir del agua y volver a escribir.

 

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