El 9 de Julio no es cuento

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por Fabián Waldman.

El “Gordo” Soriano relata en Cuentos de los años felices un viaje en moto con su viejo por el desierto de Neuquén, rumbo a Plaza Huincul. Van a ver los pozos de YPF. Cuando aparecen las primeras torres en el horizonte, el padre las mira como si fueran suyas. Porque en cierto modo lo eran. «Todo fluye de esta tierra», escribió Soriano.

Jorge Luis Borges había escrito en «Las ruinas circulares», la historia de un hombre que se pasa la vida entera soñando a otro ser humano hasta volverlo real. Y entiende. «Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.»

Ricardo Piglia anotó en Respiración artificial: «Hay que hacer la historia de las derrotas». Y un poco después pregunta, por boca de uno de sus personajes: «¿Cómo será la Patria dentro de cien años?». La novela es de 1980. La pregunta sigue sin respuesta.

Mariana Enríquez dice que los muertos en Argentina vuelven. Que el horror no es sobrenatural: es la historia instalada en el cuerpo de los que quedaron.

Y el “Negro” Fontanarrosa construyó la Patria real en un partido de fútbol, un viejo con el corazón frágil y una tribuna bajo la lluvia. Esa era la patria que le importaba. La de los discursos le generaba desconfianza.

Hoy las torres que el padre de Soriano miraba cómo propias están en otras manos. Regalan lo que construimos, firman lo que les dictan y llaman a eso pragmatismo. Seguimos dando vueltas en las ruinas de Borges soñando ese sueño y pensamos como remontar las derrotas de Piglia. Caminamos buscando siempre a los desaparecidos, mientras el fútbol puede darnos un mínimo respiro.

A pesar de todo, tenemos la capacidad de reinventarnos en el peor momento. Lo hicimos en el 2001, lo hicimos antes, lo haremos de vuelta. No porque seamos héroes, sino porque la mayoría creemos cree que hay algo que vale la pena defender.

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