Después de 17 años y algunos meses, Juan Domingo Perón volvía a la patria en un avión (que no era negro). Lo acompañaban otras 164 figuras partidarias y no tanto, personas de los sindicatos, las empresas, las artes y las ciencias. Entre ellas, aún anclada a la temperatura del otoño europeo venía María Estela Isabel Martínez de Perón con un tapado de piel; Héctor Cámpora sin saber aún que sería el presidente que no fue y, pegado a los pasos menos firmes del General, había un brujo. Volvía gracias a su tesón, pero sobre todo a la pasión de los muchachos y las muchachas que ya empezaban a dejar la sangre en su nombre, las tomas de fábricas y resistencias de la columna vertebral obrera (a pesar de que su dirigencia, a veces, se columpiaba entre luchas y entregas). Volvía Perón, gracias a los fracasos estrepitosos de los dictadores y los genuflexos opositores, a ese imposible empate hegemónico que al final mostraba que en la década peronista había imperado un orden y no la anarquía que se le había atribuido durante los años en los que estaba prohibido nombrarlo y en los que se robaba el cadáver de Evita. Volvía, a pesar de los pronósticos y del diluvio universal: Dios confundió a Alejandro Lanusse con Noé, pero no había un Arca para guarecer a quienes fueron a su encuentro, sino miles de efectivos policiales que impedían que el pueblo se acercara al hombre que lo había hecho feliz. Igual no importaba, él estaba de vuelta.
¿Cómo se cubrió el acontecimiento?
En 2009, Raanan Rein y Claudio Panella compilaron El retorno de Perón y el peronismo en la visión de la prensa nacional y extranjera para estudiar las posiciones adoptadas por disímiles medios frente al Hecho y me convidaron a escribir un artículo desgranando la cobertura de Clarín sobre el asunto.
Entonces, Clarín era parte de la coalición que llevaría a Cámpora al gobierno y a Perón al poder. Declaradamente desarrollista, veía una oportunidad en el regreso del General y sus páginas desbordaban de solicitadas de bienvenida y puede leerse en ellas la carta de Perón anunciando su regreso: “El pueblo puede perdonar porque en él es innata la grandeza. Los hombres no solemos estar siempre a su altura moral, pero hay circunstancias en las que el buen sentido ha de imponerse. La vida es lucha y renunciar a ésta es renunciar a la vida, pero en momentos como los que nuestra patria vive, esa lucha ha de realizarse dentro de una prudente realidad”[1]. A esa prudencia se sumaba Clarín (de hecho, el artículo de Juan Carnaghi habla de una operación semejante practicada por La Nación a la que el caracteriza como un idilio pasajero, pero idilio al fin). Ambos medios (como el propio Lanusse, un sector del ejército y algunas corporaciones económicas) entendían que Perón era la alternativa más sólida para contener a las masas que exigían una transformación para iniciar el camino hacia el fin del capitalismo en estas tierras; por tanto, era auspicioso su regreso en modo “león herbívoro”. De manera que Clarín brinda una auspiciosa cobertura ese día del regreso incluyendo fotografías de enormes dimensiones. Era un momento clave de la historia y “los dirigentes de los sectores sociales y de todas las ideologías y corrientes políticas (tenían) la responsabilidad de ajustar sus decisiones a los imperativos de la actual coyuntura”[2]. Una mirada cándida casi, bastante diferente a la lectura sagaz que hacía La Opinión a través de algunas de sus plumas de entonces (Horacio Verbitsky, Haroldo Conti, Juan Gelman, Miguel Bonasso y Paco Urondo), según lo que describe Marcelo Fonticelli en este mismo libro. No obstante, Claudio Panella muestra cómo, para La Prensa, lo que sucedía era “el regreso de la pesadilla”, mirada compartida por otros diarios provinciales y parte de la prensa internacional (Perrotti, p. 437 en Rein y Panella, 2012); así que había que observarlo con recelo.
Paradojas
Que fuera Lanusse uno de los presos por el fallido golpe del 51 quien devolviera el poder arrebatado a Perón era más que una paradoja de las tantas que presenta la historia argentina. Resistida la idea por muchos sectores militares y también por algunos empresarios, sin embargo, sucedió. Pasó mucha agua debajo de la pesada Puerta de Hierro hasta al pastito de la animosa Gaspar Campos que hoy podemos recordar como morada de los días más felices, aunque en una de esas jornadas se arrojaran múltiples bombas de gas lacrimógeno sobre las dos mil personas que cantaban la marcha peronista a su alrededor.
Entonces, en días que, aunque ajustadamente, la alegría es brasilera y Lula Volvió y enamora poniéndose gorra con siglas que podrían ser premonitorias cómo no pensar que en la historia hay unicornios azules que no siempre se pierden. Perón, como Lula, volvieron luego de cárceles y proscripciones. ¿Por qué entonces Cristina no puede hacerlo? ¿El fabulador Poder Judicial argentino y las balas que, aunque no salieron, apuntaron sobre su sien son más poderosos que aquellos exilios y prisiones? ¿Por qué no pensar que las almas que la acompañaron rodeando su casa de Recoleta no pueden ser bendecidas como las que coreaban el nombre de Perón en Vicente López? ¿Por qué la estadista más asombrosa de los sures del mundo no puede volver? ¿Acaso los medios no podrán cubrir ese acontecimiento o directamente bregarán para que no sea posible?
Al iniciar este escrito decía que, como ya sabemos, la historia no se repite, pero a veces enseña y a veces permite actuar más serenamente lo que vendrá. Elegí decir serenamente porque es imposible resumir aquí cada uno de los acontecimientos que sucedieron antes y después de ese 17 de noviembre de 1972, las piecitas que se fueron moviendo para que eso pasara.
CFK no tiene que volver, porque como dice otro tango, nunca se fue del barrio, si siempre está llegando. El asunto es cómo nos movemos les demás para que la dama juegue.
[1]Clarín, 16/11/72 p. 14.
[2]Clarín, 17/11/72, p. 8)
