El gobierno del dólar

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El gobierno del dólar

Ninguna experiencia política se mantiene en la Casa Rosada si no controla la divisa norteamericana. Con retórica decolonial o subordinación política a los designios financieros de Estados Unidos, Argentina es un tembladeral si el Estado no domina el tipo de cambio. | Por Pablo Dipierri

La noche del 30 de diciembre de 2001 sonó el teléfono en la casa de Jorge Remes Lenicov y la voz que el por entonces diputado escuchó del otro lado no lo sorprendió. “Voy a ser presidente y quiero que seas mi ministro de Economía”, le dijo el todavía senador Eduardo Duhalde.

A través de una avalancha de instantáneas, el economista recordó una frase que él mismo había proferido seis meses antes, durante una reunión en el Banco Provincia, con el propio caudillo de Lomas de Zamora, el gobernador Carlos Ruckauf, su futuro sucesor, Felipe Solá, y el legislador Eduardo Caamaño. “Pobre de aquel al que le toque hacerse cargo cuando estalle la convertibilidad”, vaticinó en ese mitin sin siquiera sospechar el efecto búmeran de su premonición.

Sin embargo, agarró el fierro caliente y asumió el desafío político más importante de su vida, sabiendo que no había paciencia social ni mucho margen de maniobra pero con el respaldo de la estructura del Partido Justicialista y el pacto de Duhalde con el ex presidente Raúl Alfonsín para que se encauzara el caos. Asimismo, esa célula peronista llevaba más de un año craneando la forma de sortear el atolladero.

El paso siguiente fue una discretísima reunión del mandatario provisional con su flamante ministro, Alfonsín y Juan Sourrouille, para explicarles a los radicales la hoja de ruta. Ya el 6 de enero, Remes Lenicov anunció una devaluación del 40 por ciento de la moneda nacional y sacó boleto por tres meses. Esa decisión le costaría el ostracismo pero ha vuelto al ruedo ahora, más de 20 años después, ante los bamboleos del tipo de cambio y con un libro bajo el brazo: “115 días para desarmar la bomba. Historia íntima de la última vez que se sinceró la economía”.

A dos décadas de distancia, el kirchnerismo mira de reojo la escena, como quien percibe la presencia fantasmagórica de un asunto al que quisiera escaparle. Las especulaciones de los últimos días, luego de que las cotizaciones de los dólares paralelos superaran los 450 pesos, orillan la pregunta acerca de la posibilidad de que acaso el titular del Palacio de Hacienda, Sergio Massa, esté concediendo subrepticiamente una depreciación de la divisa local por pedido expreso del FMI para el envío de fondos frescos o el adelanto de desembolsos previstos en el Acuerdo de Facilidades Extendidas recién para la primavera.

Con el presidente Alberto Fernández sumido en la ingravidez y la banalidad y la vicepresidenta Cristina Kirchner preocupada por el peligro de un estallido más que por la narrativa de su legado, el tigrense se mece a sus anchas. El estrago y el abismo lo excitan porque le sirven de amenaza contra sus rivales internos para que lo dejen hacer o le den más poder, aun cuando ese tipo de delegaciones se esfumen con más velocidad que el rendimiento del salario de los trabajadores.

Los más memoriosos evocan que, entre los apotegmas de Néstor Kirchner, figuraba un axioma irreductible con efecto a dos bandas: gobernar es controlar la calle y el dólar. De hecho, el patagónico expresó en una entrevista otorgada a Clarín, el 18 de mayo de 2003, que el dólar a 3 pesos estaba bien para la Argentina. Ya había pasado el vendaval de Remes Lenicov, en el 5º Piso del Ministerio de Economía operaba con holgura Roberto Lavagna y Carlos Menem había desistido de la competencia antes del ballotage. “No me disgustan los niveles en los que está el dólar ahora, es bueno para la producción interna, para los exportadores, para la recaudación y para estimular la competencia”, argumentó Kirchner en ese reportaje brindado al diario de Héctor Magnetto.

Bajo la herencia de la posdictadura y la posconvertibilidad, el peronismo ha lidiado con el billete verde a caballo de lo que bautizó como flotación administrada, es decir, un punto de equilibrio que otorgue rentabilidad al sector exportador y mantenga la demanda interna aceitada. Los inconvenientes sobrevinieron cíclicamente por el retaceo a la reinversión de utilidades del empresariado y los dólares que precisa la industria para sostener el nivel de actividad. El cepo y la tensión cambiaria recurrente se explican, justamente, por la escasez del papel moneda yanqui en estas pampas.

Así, el verdadero intríngulis consiste en la negativa del kirchnerismo a allanarse a los designios de los que promueven sistemáticamente la devaluación, como reseteo financiero para el esquema productivo e indesmentible transferencia de la riqueza a las arcas de los dueños del país. Ya ocurrió el 23 de enero de 2014, cuando Axel Kicillof terminó convalidando el cimbronazo del que se acusó a Shell y fijó el valor del dólar en casi 9 pesos.

La situación era absolutamente distinta a la que atraviesa el Frente de Todos (FdT): el BCRA contaba reservas por 30 mil millones de dólares y hasta dentro del Frente Para la Victoria había actores que se daban el lujo de reprocharle al actual gobernador bonaerense y a Mercedes Marcó del Pont, quien fuera en aquella época presidenta de la entidad monetaria, el hecho de haber persuadido a la ex Presidenta de no devaluar en enero de 2012, con un stock más abultado y el 54 por ciento de los votos en las urnas todavía frescos.

La misma discusión se desató dos veces durante el artefacto político en curso. La primera fue al día siguiente de las PASO, en 2019, cuando Mauricio Macri mandó a Nicolás Dujovne a darle mecha al dólar y el propio Fernández cauterizó la herida alegando que el tipo de cambio a 60 pesos estaba bien. La segunda fue en plena pandemia, en octubre de 2020, y se repetiría de forma cada vez más desgastante hasta las últimas horas: el sector privado compraba divisas estadounidenses en la plaza local para saldar deudas con bancos extranjeros, encareciendo su cotización o aplastando la del peso.

La opción que evaluaba Martín Guzmán, aun bien ponderado por la negociación con los acreedores, era una suerte de desdoblamiento para que las firmas que cancelaran pasivos adquiriesen billetes verdes más caros y no comprometieran las reservas. Por trascendidos del Banco Central y el entorno del economista platense, este medio supo que se opusieron la Vicepresidenta y Massa, bajo el pretexto de que la maniobra podría fundir a las empresas que trataban de desendeudarse. El tópico tácito era que entre esos enclaves figuraban nada menos que YPF, Aerolíneas Argentinas y AySA, estranguladas financieramente durante el macrismo y en manos de La Cámpora y Malena Galmarini, respectivamente.

El cuello de botella vuelve a generar ahogo sobre el final del mandato de les Fernández, como toda asignatura pendiente cuando se posterga por falta de síntesis o por fuerza menguante. Las últimas circulares de la autoridad monetaria restringieron más los trámites para servicios del exterior o fletes, faenas correspondientes a la importación, y se estima que redundaría en un freno más brusco en la rama fabril. Según el último dato del Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) publicado por Indec, la medición arrojó una suba interanual de 2 por ciento en febrero pero un deslizamiento cercano a 0 con respecto al mes anterior. O sea que Argentina está entrando en recesión, con una proyección inflacionaria elevadísima y el garrote temerario de la devaluación.

Los dirigentes populares más avezados ruegan que el estrangulamiento financiero no se degluta al peronismo en su versión más lánguida desde 1983. Y empiezan a preocuparse por el contagio del descontrol cambiario sobre el precario orden social, cimentado por una madurez de la población que difícilmente se sostenga frente a la mezquindad y la chatura de la conducción política en todas las esferas.

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