Por Pablo Dipierri
La precaria tranquilidad financiera permitió un deslizamiento de la dirigencia política hacia las góndolas de candidatos. Luego de la intervención de la vicepresidenta Cristina Kirchner con su clase magistral en La Plata, una incipiente exploración verbal sobre la posibilidad de que el Frente de Todos (FdT) dirima su interna en primarias abiertas empezó a instalarse.
Por caso, el senador Oscar Parrilli aseguró en declaraciones a Futürock que “nadie va a impedir que haya PASO” en el oficialismo. Antes de esa afirmación, había considerado en la misma entrevista que tanto el ministro de Economía, Sergio Massa, y su par de la cartera de Interior, Eduardo Wado De Pedro, como el embajador argentino en Brasil, Daniel Scioli, y el dirigente social Juan Grabois son “buenos candidatos”. En mayor o menor medida, los cuatro hombres gozan del beneplácito kirchnerista por estos días pero la asunción de un escenario potencialmente dibujado con esos apellidos resultó novedosa.
Si bien el propio De Pedro había expresado que los caminos del oficialismo confluirían en una disputa bajo el mecanismo de las PASO, hasta ahora el kirchnerismo hardcore resistía la admisión serena de una competencia con esas reglas. Fuentes del Senado, por caso, alimentaron sospechas que siembran confusión: “todo puede pasar y todo puede cambiar”, respondieron ante la consulta de este medio.
Durante el fin de semana, el presidente Alberto Fernández departió con su círculo más cercano mientras descansaba en Chapadmalal, en la Costa Atlántica. En su entorno, siguen apostando a Scioli y militan “la democratización del peronismo”, consigna que irrita a la fracción que representa la ex Jefa de Estado. “La PASO no se discute y tiene que ser una PASO fuerte porque, si no, toda la atención va a la primaria de Juntos por el Cambio y hay que estar en agenda”, es uno de los argumentos que esgrimen cerca del primer mandatario.
La tristeza que empieza a experimentar el sector que blande irreductiblemente la candidatura de la Vicepresidente como única salida es directamente al secreto entusiasmo que saborean en palacio los últimos escuderos de Fernández. Convencidos de que la etapa no tocará con la barita a los referentes de La Cámpora, confían en la gaseosa posibilidad de que la sociedad refrende la gestión de gobierno, por encima del hastío ante el papelón de las peleas entre funcionarios. Así como el Presidente acuñó en el verano que el FdT es mejor gobierno que fuerza política, quienes lo rodean lo escucharon decir que el peronismo ganará en octubre.
La guerra de zapa de la coalición gubernamental no es más ruidosa, sin embargo, que la que libran los diferentes campamentos de Juntos por el Cambio (JxC). La ministra de Educación porteña, Soledad Acuña, depuso sus aspiraciones por la poltrona de Parque Patricios y dejó el camino libre para que el Pro se incline por sus colegas Jorge Macri o Fernán Quirós. No obstante, el Jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, evalúa ofrecer su nombre como candidata a vicejefa de cualquier vencedor en la primaria amarilla y todavía queda la incógnita sobre lo que anunciaría en las próximas horas –o días- la diputada María Eugenia Vidal, alrededor de quien susurran que podría lanzarse a la conducción del distrito porteño si su figura fungiera como prenda de unidad.
Las vicisitudes de la alianza opositora en Capital Federal se proyectan a nivel nacional. Sólo la volatilidad del bamboleo financiero les permitió a sus competidores urdir un discurso más o menos unificado, cerrando filas en la antipatriótica demanda de una devaluación al Gobierno actual o el diferimiento de ayuda a los acreedores externos para beneficiarse con esa moneda si JxC ganara en octubre.
No sin malicia, cunde una teoría guacha sobre la pasteurización de candidatos operada desde el Departamento de Estados norteamericano en estas pampas. No importa qué fuerza se imponga en los comicios, según estas elucubraciones, porque el producto que figure en las listas habrá pasado el filtro ideológico de la Casa Blanca. El peligro de la circulación de la especie es que, si de carambola o por pericia y alquimias profesionales la victoria fuese plebeya, los triunfadores no gozarían de la legitimidad para los impugnadores bajo la égida del Tío Sam. Poesía de la derrota, esa hipótesis es también una renuncia a la política.
La última encuesta de Zuban-Córdoba da cuenta del desquicio ideológico vernáculo y el desconcierto general. Entre los potenciales votantes de Javier Milei, la mayoría quiere educación pública de calidad, salud pública de excelencia y reclama igualdad de oportunidades. En el fondo, Argentina tiene anticuerpos contra el ascenso fascistoide del trumpismo criollo pero es probable que solo un peronismo ordenado pueda suministrarlos.
Paradójicamente, el malestar que se vende barato en cualquier conversación de ascensor no se corrobora del todo en la energía popular disponible. Pese a la zozobra económica por la corrida cambiaria y la inflación, la sociedad mastica bronca pero manifiesta agobio. El escrutinio electoral dirá mejor que las encuestas si prevalecen la paciencia y la comprensión de los votantes hacia el oficialismo o la indignación e indiferencia acicateadas por pantallas calientes.
