Volver a los 17
La realización de varios actos conmemorativos del último 17 de octubre no debería sorprender. La disputa por los sentidos que una fecha histórica de esa magnitud adquiere en los distintos presentes es tan clásica como el aprovechamiento de los adversarios mediáticos del peronismo para festejar la importancia de esa muestra de desunión. Un breve recorrido por la historia de los 17 muestra que, salvo en el primer peronismo, la inmensa mayoría de las veces la conmemoración de la fecha tuvo varios actos distintos y, muchas de ellas, fue atravesada por disputas coyunturales de distintas magnitudes.
Más allá de los primeros actos, celebrados con feriados nacionales, en los que la memoria fresca del primer 17 estaba en plena construcción, los que vinieron después de la resistencia peronista tuvieron casi siempre ese vínculo con la atribución al peronismo de características felinas de reproducción con la que se respondió desde adentro al uso de la división que se hacía no sólo desde afuera. Incluso el primer festejo, el del ‘46, tuvo un acto no oficial del Partido Laborista, que lo reclamaba como Día del Pueblo.
En el marco de esa discusión el mismo Perón, en su discurso sobre la celebración oficial, se refirió a la fecha como “día de los descamisados, los que tienen hambre y sed de justicia”. Pero esa sí fue una excepción. Hasta el ‘54 hubo festejos unificados.
Después, cuando el 17 de octubre se alejó en el tiempo, siempre hubo varias formas de transitarlo. Desde los dos actos de 1973, año en que por primera vez en gobierno de Perón el día no fue feriado y los festejos callejeros se realizaron en la provincia de Córdoba -donde los sectores de lo que se llama la “ortodoxia” intentaron paralelizar el acto más masivo convocado por la Juventud Peronista-, hasta el de 2005, en el que Hilda González de Duhalde se aferraba a la liturgia mientras Cristina le respondía en otro acto “la lealtad es con el pueblo”, la norma y no la excepción fue enmarcar la celebración del origen del peronismo en los debates del momento histórico.
De manera que las referencias a un pasado idílico de otros 17 a los que habría que volver están más relacionados con ese sentido común conservador al que combate el Luis Alberto Spinetta en la Cantata de Puentes Amarillos, según el cual “todo tiempo pasado fue mejor”. Parte de esa generación diezmada, el Flaco decía en 1973, “mañana es mejor”. Esa supuesta unidad en el festejo es prima hermana de otra que se menta con una especie de nostalgia que no resiste al rigor histórico, la del movimiento obrero. Quizás será la nostalgia de los 17 de cada uno, mirada desde la edad madura.
Una particularidad, sí, de los actos de este último 17 puede situarse en que no siempre los convocantes apuntaron a una cierta masividad. Hubo años, en los que incluso bajo gobiernos peronistas se buscó el recuerdo testimonial o variantes más íntimas de celebración. En los tres actos del lunes pasado, el de la Plaza de Mayo, el de La Matanza y el de Obras Sanitarias, se buscó alguna forma de medición de fuerzas. Uno de ellos, el que juntó al moyanismo, la Corriente Federal de la CGT, las dos CTA y el PJ bonaerense, se animó incluso al escenario callejero central de la política argentina en una movilización con agenda propia. El riesgo que asumieron estas representaciones fue real porque no es lo mismo movilizar con consignas reivindicativas frente a un gobierno con el que se confronta, por ejemplo en las grandes movilizaciones durante el macrismo, que hacerlo ante un gobierno del que se forma parte pero no ofrece grandes logros que las organizaciones obreras puedan salir a festejar. De modo que, ante la complejidad de no convocar ni a favor ni en contra, característica compartida por los tres cónclaves, quien más arriesgó, más ganó.
Listas o programas
Mientras los actos en espacios cerrados tuvieron como eje la apertura de las listas o de la confrontación electoral interna de cara a 2023, el de la plaza buscó instalar un debate programático. Ante el deslizamiento incesante a la derecha de las placas tectónicas de la discusión política y económica en Argentina y el mundo, los cuatro espacios sindicales que encabezaron la resistencia al macrismo presentaron un documento titulado “Soberanía Nacional con Justicia Social”. En él se aventuraron a propuestas de medidas más acá de las elecciones del año que viene como un urgente aumento de suma fija y un ingreso familiar de emergencia para paliar en parte el deterioro que provoca el incesante incremento de precios de los productos de la canasta básica junto a un estricto control de precios de los insumos difundidos para “combatir la inflación, terminando con las prácticas monopólicas y oligopólicas de los grupos concentrados de la economía que vienen ejecutando una remarcación irracional”. También avanzaron algo más de la coyuntura al proponer la intervención del Estado para “fijar valores de referencia a partir de los cuales se ordenen los integrantes de cada cadena de valor, perfeccionando un Observatorio de Precios y Disponibilidad de Insumos, Bienes y Servicios en la órbita de la Secretaría de Comercio, incorporando a los trabajadores y trabajadoras en dicho ámbito”. Otra propuesta del documento impulsa la “producción y generación de trabajo digno fortaleciendo el mercado interno, promoviendo la sustitución de importaciones y ordenando el destino nacional de la demanda dando prioridad a las pymes y cooperativas de la economía popular a través del compre estatal”.
Pero lo más disruptivo que propone a un debate público signado por el imposibilismo, quizás sea la introducción de temas vedados como el rediseño del sistema financiero, “derogando la actual Ley de Entidades Financieras, fortaleciendo la Banca Pública Estatal y desmontando los mecanismos de especulación para cortar definitivamente la fuga de capitales, (y) transformando el sistema financiero en servicio público orientado a potenciar el desarrollo productivo, científico y tecnológico para un crecimiento con pleno empleo”. E incluso, frente a la insistencia del neoliberalismo de independizar el Banco Central, en el texto leído durante el acto se propuso “articular un sistema efectivo de control popular sobre el Banco Central de la República Argentina para garantizar que cumpla su rol en defensa del Proyecto Nacional”. Todo esto junto a una reforma tributaria integral progresiva y el control estatal del comercio exterior con la recuperación de la soberanía sobre el Río Paraná y puesta en marcha del Canal de Magdalena. Por último, el documento señala la importancia de fortalecer y revalorizar el sistema democrático, garantizar el derecho a una comunicación responsable y la restauración de un Poder Judicial ecuánime.
La impronta programática a la vieja usanza de ese acto contrastó con los otros dos que fueron leídos en clave electoral interna. En el de la mesa chica de la CGT oficial, de la que no forman parte miembros de la conducción de esa central como el cosecretario general Pablo Moyano o el secretario gremial Mario Manrique, entre otros que dieron el presente en Plaza de Mayo, se incluyó a quien fuera el interventor del Partido Justicialista nombrado por Mauricio Macri en 2018. Allí se protestó por la poca participación de los dirigentes de esos gremios en las listas del Frente de Todos y en las decisiones de gobierno. Posiblemente ese contraste temático entre las distintas manifestaciones obligó a que pocos días después un periodista especializado en temas gremiales que posee el raro galardón de haber despedido a 357 trabajadores de prensa de la agencia Telam como funcionario la gestión de Cambiemos, se apuró a difundir un encuentro en el que los organizadores de los actos del Estadio de Laferrere y del microestadio de Obras Sanitarias se comprometían a unificar sus propuestas al gobierno. La única que se difundió tras la reunión fue la de “paritarias libres”. Algo que ya viene ocurriendo sin lograr que los salarios ganen en la carrera contra la inflación. Medidas más de fondo pidieron por separado en su propio acto del lunes los movimientos sociales que reclamaron por la formalización del “100% de la economía popular” y por la implementación del “monotributo social”.
Macri: de Bullrich a Bullrich
Pese a las diferencias expresadas a cielo abierto, todos coinciden en construir una ingeniería que permita la unidad necesaria para enfrentar al mal mayor. En esa dificultad de construir la épica del mal menor sigue navegando la dirigencia de la coalición de gobierno. El espanto ante el escritor desembozado que acaba de publicar su última obra bajo el “memerable” título “Para qué”, obliga a esa unidad de lo diverso. La campaña centrada en el “para qué” es diametralmente opuesta a la de 2015. Todavía resuenan con consejos de Durán Barba a Federico Sturzenegger, “nunca digás qué vas hacer”. Ahora, Mauricio, el programático, impone el contenido del debate interno y se erige en sommelier de ajustes y represiones. Si hace siete años se presentaba con Esteban Bullrich al frente del tren de la alegría para hablar de educación en vez de economía, ahora se desprendió de todo anestesista para prometer privatizaciones, despidos, AFJP, reforma laboral, rápido y furioso, como recomendaba Milton Friedman a Pinochet: “ningún gradualismo es posible”. A diferencia de Esteban que prometió en pleno Chole-Choel: “una nueva campaña al desierto, pero esta vez, no con la espada, sino con la educación, su prima Patricia ya desenvainó. Si no pudimos con el cambio cultural, vayamos con el cambio de la barbarie.
El problema aún no resuelto es que la doctrina del Shock sólo aplica después de una catástrofe social. Esa es la épica que mantiene al ministro de Economía como garantía de mal menor: Sergio Massa es, para todos los frentistas de todos, el que evita esa catástrofe. El gobierno de Alberto Fernández, Cristina y Massa no tiene argumentos para mantener el caudal de votos obtenido en 2019, pero tampoco para permitir una explosión que habilite un golpe neoliberal.
Este escenario se explica en parte por datos aparentemente contradictorios relevados en un informe del Centro CIFRA de la CTA de los Trabajadores pronto a ser publicado. Allí se corrobora que la tasa de empleo en el segundo trimestre de 2022 no sólo es superior al del inicio del actual gobierno sino que es la más alta desde que se mide la EPH, desde 1974. “El valor del segundo trimestre que más se le acerca, dice el informe, es del año 2011”. También está en los más altos valores históricos la tasa de actividad laboral, que mide el porcentaje de la población en condiciones de trabajar que busca trabajo. Es decir, aunque hay mucha gente buscando empleo el desempleo sigue bajando. Este aumento de la ocupación, más fuerte en el trabajo no registrado que el empleo legal, pero aún así creciendo en ambos, se da a la par del deterioro del poder adquisitivo de los salarios. Cada vez hay más personas trabajando, cada vez les alcanza menos lo que ganan para no ser pobres. La explicación no es tan compleja: el crecimiento se lo lleva el aumento de la rentabilidad por vía del aumento de precios. La brecha entre el aumento de la productividad y el aumento del salario medio entre 2016 y 2021 es de 14 puntos porcentuales. Según el informe citado, como resultado, “se advierte que entre 2018 y 2021 se dio una transferencia de $ 7,7 billones desde los asalariados hacia el capital, que equivalen al 46% de la masa salarial y al 19,6% del valor agregado de 2021”.
Esta es la razón por la que no mejora la calidad de vida de millones de argentinos y argentinas que esperaban otra cosa del gobierno actual, pero también y al mismo tiempo, podría explicar que no estalle una crisis en la economía real.
