El último recital en Plaza de Mayo

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Bajo la evocación de Néstor Kirchner, la Vicepresidenta tocó sus grandes éxitos. Acompañada por 300 gladiadores, rodeada por su núcleo familiar, flanqueada por los posibles candidatos y vivada por una multitud que pogueaba bajo la lluvia, no ofreció novedades en su discurso, ratificó la reivindicación de sus gestiones y esbozó un nuevo llamado a la organización como agenda de futuro. | Por Pablo Dipierri

“Es necesario construir organización”, consignó la vicepresidenta Cristina Kirchner en uno de los pasajes de mayor densidad política del discurso que brindó a la multitud que se congregó en Plaza de Mayo, con motivo de la conmemoración del vigésimo aniversario de la asunción de Néstor Kirchner. Frente a 500 mil almas, la oradora de la jornada ponderó y reclamó “profundidad territorial de la organización” y “profundidad sectorial en los sindicatos”. “Una sola persona no puede. Tiene que haber una organización, tiene que haber cuadros que tomen la posta y lleven adelante el programa de gobierno que necesita la Argentina”, aseguró.

El monumental escenario montado para la ocasión y los cánticos de la militancia para que se desdiga a sí misma y se postule al tope de la boleta oficialista convertían la puesta en un coliseo. El círculo más próximo que la rodeaba detrás del atril estaba compuesto por su núcleo familiar, con Alicia Kirchner a su derecha, su ex nuera y funcionaria santacruceña, Rocío García, el diputado Máximo Kirchner a su izquierda y sus nietos al lado. Después de ese anillo, se apostaban Axel Kicillof a su diestra y los ministros del Interior y Economía, Eduardo Wado De Pedro y Sergio Massa, respectivamente. Por detrás, en gradas dispuestas para la ocasión, se podía ver a dirigentes como Andrés Larroque, al gobernador riojano Ricardo Quintela, sindicalistas como Hugo Yasky y Daniel Catalano, Madres de Plaza de Mayo, artistas, legisladores e intendentes cuya cifra habría ascendido a 300 personas.

En la previa, los referentes que orbitan en el grupo denominado como la Mesa de Ensenada alimentaban la remota posibilidad de que la Vicepresidenta reviera su definición y, después de haber dicho que no sería mascota del poder ni regalaría a las corporaciones la chance de que impugnaran al peronismo por inscribir en sus listas el nombre de una “condenada”, aceptara el clamor como trampolín a la mediocridad de los que anuncian lo que no cumplen. Sin embargo, también se quedaron cortas las especulaciones de los que suponían que el acto serviría para un diálogo edificante y politizador de la incertidumbre ante la cita con las urnas.

La exposición de la Vicepresidenta giró en torno a la reivindicación de los 12 años de mandato del Frente Para la Victoria como receta para el futuro y la interpelación a todos los sectores sociales para la refundación del pacto democrático, aunque no pierda consistencia, empieza a vaciarse de sentido por reiteración e improbabilidad ante la locura fascista que se niega al convite. La iniciativa más concreta que enunció para afrontar el desafío actual ya la había mentado en una de sus recientes clases magistrales y fue la de atar un porcentaje de las exportaciones bajo el compromiso de repago de la deuda externa para no estrangular el albur del crecimiento.

El desmenuzamiento de los problemas le sirvió para cerrar su intervención con un encargo para su base de sustentación. “Quiero convocarlos a todos y a todas para que cada uno y cada una, en su lugar de estudio, en la casa, en la calle, en el subte, en el bondi o en la bici cuente y permita que este entramado de desinformación en cuanto a los verdaderos responsables de la situación que vive la Argentina en materia de falta de dólares y corrida cambiaria (se vea y) esta vez la gente pueda decidir con claridad pero, sobre todo, con información”, expresó, y afirmó: “esto es tarea militante. Basta de pedirles a otros lo que no estamos dispuestos a hacer. Hay que romperse lo que hay que romperse”.

Antes de esas definiciones, había detallado sin sorpresa alguna los hits del kirchnerismo. Desde el señalamiento a la mafia del Poder Judicial hasta la impotencia que perpetra la subordinación al FMI, pasando el mentado acuerdo democrático y la comprensión de la importancia de la articulación entre lo público y lo privado para que el Estado no se reduzca como sucedió bajo el apogeo neoliberal a un reducto pequeñito, así de chiquitito o que no moleste, desmadejó el ovillo de las encrucijadas. “Esa es la discusión que están esperando millones de argentinos y no las boludeces que se dicen todos los días en los medios de comunicación”, bramó.

Su coherencia con la defensa de la redistribución del ingreso validan sus palabras por más que comiencen a escucharse, para decirlo con sus propios vocablos, como una letanía. Y añaden otro granito de arena a la dislocación política del experimento gubernamental del Frente de Todos: la Vicepresidenta explica lo que se debe hacer aunque urdió la fórmula electoral y tiene ascendencia sobre casi todo el funcionariado. La metáfora de la lapicera, imputable –o imputada- a Alberto Fernández por la escasez de atributos para ejercer la cuota de poder que la institucionalidad política le confiere, se desdibuja aunque el rigor de su diagnóstico sea indesmentible.

En ese fragmento de su alocución, expresó que “para distribuir el ingreso hay que ponerle carita fea a los que tienen mucho”. “Y no se trata de confrontar”, aclaró antes de tomar carrera para ensayar una estocada verbal: “¿por qué creen que me odian, me persiguen y me proscriben? Por eso. Porque nunca fui de ellos ni lo voy a ser. Hagan lo que hagan, nunca voy a hacer de ellos. Yo soy del pueblo y de ahí no me muevo”.

Los bullets de información económica fungieron, una vez más, como fundamento político del kirchnerismo pero saben agrios ante un mundo diferente al que les tocó a los pioneros hace 20 años. De ahí que lo más inquietante al término de la ceremonia protagonizada ayer por ella y su feligresía sea la sensación de que la militancia escuchó a su jefa política durante 50 minutos pero no se desconcentró con otro insumo que el de volver al territorio para seguir construyendo organización. Que una reunión de medio millón de personas bajo el aguacero culmine con una consigna de Perogrullo ilustra la pobreza política de la etapa, la insuficiencia de los mejores y más nobles esfuerzos de los cuadros que fatigan pasillos en las villas o intentan ganar la conciencia de los trabajadores en las fábricas –o por WhatsApp- y la falta de ideas en la propia Vicepresidenta para encontrar el hilo de Ariadna en el laberinto. “No sabe para dónde salir”, resumieron dos ex funcionarios de sus gabinetes entre 2007 y 2015 en diálogo con La Patriada.

La presencia de su entorno familiar en el escenario hasta podría refrendar esa mirada. Si antes de las PASO de 2021 la Vicepresidenta ya había arrancado con el trasvasamiento generacional pero recortando su representación sobre La Cámpora, ahora amaga con una apertura que deja correr a De Pedro en la cosecha de apoyos en parcelas peronistas que no le simpatizan y entidades empresarias que la resisten, delega en Massa la persuasión sobre los acreedores externos para aguantar la tormenta financiera y asciende a la tarima de la visibilidad pública a su dinastía, como refugiándose en sus afectos mientras crecen los hijos de la generación diezmada.

A favor suyo, sus movimientos indican que asume la responsabilidad de que la transferencia de la centralidad se produzca en la etapa que se abre en este turno electoral, algo que no hizo Juan Perón y que –cabría preguntarse- intentó y no pudo o no le satisfizo cuando le cedió el cetro a Fernández en 2019. Y en ese contexto, la invitación de Massa al diputado Kirchner para que lo acompañe a Beijing y el pedido de sobreseimiento que el fiscal Guillermo Marijuan, punto del tigrense en el Poder Judicial, pidió para la Vicepresidenta sugieren que el ministro de Economía promete acertar donde el Presidente falló: el Jefe de Estado era la pieza clave en la imaginación del Instituto Patria para quitarle al kirchnerismo la espada de Damocles del lawfare.

Con todo, la sociedad asiste a los estertores de una época. Se imponga o no la coalición oficial en los próximos comicios, no habrá otra Plaza de Mayo como la de ayer para la ex Presidenta. Si pierde el peronismo, se abriría un tiempo de repliegue y resistencia. Y si gana, ella podrá ser invitada al banquete del triunfo y hasta seguirá desparramando su resplandor pero la representación formal encarnará en otres. Quizá la campaña electoral sea una buena excusa para los bises de una dirigente que rockeó el sistema político durante dos décadas.

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