Elogio del distraído

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Por Juan Carlos Otaño

Cuando se miró al espejo, no se reconoció y saludó.

— CHARLES BAUDELAIRE.

En el « lado oscuro de la Tierra » (Lichtenberg dixit), habitan seres inefables para quienes los acontecimientos del mundo suenan algo así como 2+2=5. Desde ya que suelen ser las primeras víctimas: por ejemplo, son los últimos que se enteran en qué momento deben retirarse los fondos de un banco. Y si fueran monos, se los comería un tigre. Pero, a pesar de todo, a veces la suerte los protege. Siempre distraídos, la naturaleza parece haberlos compensado con un alto poder de concentración, lo que les permite estar atentos a otras realidades, desdeñadas o consideradas estupideces por el común de los mortales, y que sin embargo son tan necesarias como el pan y como el agua. Son los que, mientras se derrumban los castillos de naipes, se encuentran ensimismados en la observación de las nervaduras de una hoja, en las vetas de las piedras o del parquet de una habitación, o inclusive asomados al ojo de un microscopio, observando al enemigo que los demás no ven. Por sobre todas las cosas, adoran elevar — distraídamente — los ojos al cielo y, donde otros imaginan realezas invisibles, ellos son capaces de pasarse días enteros avizorando las nubes, las caprichosas y maravillosas nubes, mientras éstas se desplazan por el cielo como antiguos, orgullosos galeones. Y si no, se les ve entregados a otros pasatiempos, igualmente inocentes y encantadores.

Los distraídos también suelen observar más que nada el horizonte, mientras los demás se pasan la vida mirando hacia abajo, hacia el suelo, para ver si pueden encontrar una moneda o la colilla de un cigarrillo.

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