La acumulación originaria de la dirigencia

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La vicepresidenta Cristina Kirchner solía decir, cuando ejercía la primera magistratura del país, que la historia no empieza cuando uno llega ni termina cuando uno se va. La templanza de esa idea contrasta con el tono que los dirigentes del Frente de Todos decidieron imprimirle a la discusión interna que tramitan, desde hace casi un año, a cielo abierto.

Al cierre de este artículo se producía la primera reunión de gabinete, encargada por el presidente Alberto Fernández al jefe de Gabinete, Juan Manzur, y ningún funcionario podía sustraerse al influjo de la confrontación en curso. El cónclave de ministros se dará al calor de las tapas de los diarios, con las acusaciones vertidas por el ministro de Desarrollo de la Comunidad bonaerense, Andrés Larroque, acerca de las intenciones del Jefe de Estado de llevarse el gobierno “a la mesita de luz” y atribuyéndose, como secretario general de La Cámpora, la titularidad del poder mandatado por las urnas; como así también la respuesta del primer mandatario, alegando que nadie es “dueño” del gobierno.

Los dimes y diretes agobian a una sociedad que se refugia en las novedades distópicas de Netflix, el flujo del odio tuitero o el pasatismo selfie de otras plataformas virtuales. Aunque elíptica y sutil, hasta la principal responsable del diseño electoral triunfante de 2019 se subió a la trifulca: tras una reunión con Pilar del Río, esposa del escritor José Saramago, la Vicepresidenta evocó el ascenso kirchnerista en 2003 y recordó que, cuando Carlos Menem se bajó del ballotage para restarle legitimidad, ella postuló que la administración de Néstor Kirchner se la construiría en la gestión cotidiana. “Se podía ser legítimo y legal de origen y no de gestión”, tipeó.

El atolladero deriva, además, en curvas, trampas y paradojas. Porque lo que comenzó como el lanzamiento de dardos contra el ministro de Economía, Martín Guzmán, de parte de diversos funcionarios identificados con el cristinismo ahora escaló hasta el cuestionamiento brutal al propio Fernández. Ya no se busca, únicamente, la renuncia de Guzmán sino también, y principalmente, la rendición del Presidente a las condiciones de su compañera de fórmula.

Ya lo había advertido con elocuencia en uno de los últimos picos de tensión intestina el ministro de Desarrollo Social, Juan Zabaleta, tras la demostración de fuerzas que hiciera La Cámpora durante la marcha del pasado 24 de marzo. “Nos van a cagar a palos los argentinos”, dijo en alusión a la tertulia de reproches cruzados. Sin embargo, el desopilante festival se expande en vez de diluirse y la táctica de la Casa Rosada, que se basaba hasta ayer en no contestarles a sus adversarios al interior del frente, abre una vacancia que se colma con el daño que le propinan sus contrincantes. Como la naturaleza le tiene horror al vacío, el silencio de Alberto se llenaba con el furor epistolar de Cristina.

La incógnita que se mantiene, tal vez solo por la esperanza de los que porfían con que la oportunidad histórica de haberse sacado de encima el yugo del macrismo no se desvanezca, es si la pelea podría desescalar. Cada vez son más los actores del oficialismo que atisban que no.

El problema es que ningún dirigente se cincela a sí mismo mirándose al espejo de su celular. Su referencia pública y su liderazgo se edifican sobre los pilares de una acumulación social y política de luchas distintas y confluyentes. Los pueblos empeñan décadas en parir, críar y sostener a uno de los suyos para que los conduzca a los peldaños más altos del bienestar y, aun si quien resulte ungido con esa misión percibiera que en una circunstancia podría dilapidarse su capital, el o la estadista saben que ninguna táctica vale la suerte de millones que confiaron su destino en él o ella.

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