Por Juan Carlos Otaño
Alexandra David-Néel, antropóloga, cantante operística, exploradora, anarquista, quien estuvo seis meses en la capital del Tíbet tomando conocimiento de la práctica de los Tulpas (proyecciones o materializaciones físicas de los pensamientos y emociones), recogió en 1924 un relato de autor anónimo que ilustra este género de inducción alucinatoria. Este texto, Leyenda tibetana, fue publicado en su libro Místicos y magos del Tíbet (1929), y luego reproducido por Pierre Mabille, médico y miembro del grupo surrealista francés, en El espejo de lo maravilloso (París, 1940).
Mabille centra su interés en dilucidar lo que llama los «mecanismos de la fabulación colectiva»: «Es necesario saber a todo precio, nos dice, como se crean las falsas noticias, como se difunden y llegan a imponerse a la audiencia de las multitudes, y como elevan las pasiones o las arrastran a la deriva»:
LEYENDA TIBETANA.
En el desierto, en medio de una gran tormenta de arena, un mercader viajaba con su caravana.
De pronto, el temporal le arrojó su sombrero, y éste fue a caer entre unos espinos.
Los tibetanos creían que ir a recoger un tocado caído por el viento, les traería mala fortuna; el mercader, por lo tanto, lo dejó abandonado.
El sombrero estaba hecho con un flexible tejido de fieltro y, a los lados, tenía un par de orejeras de piel. Aplastado entre la maleza, medio escondido entre ella, su forma de ningún modo era reconocible.
Unas semanas más tarde, al caer la noche, un hombre que pasaba por allí distinguió una forma imprecisa que parecía agazapada entre los matorrales. No era muy valiente, así que aligeró su paso y se marchó. Al día siguiente contó, en la primera aldea en la que se detuvo, que había visto «algo extraño» oculto entre la maleza, a una corta distancia del camino.
Pasó el tiempo y luego otros viajeros percibieron, ellos también, un objeto singular cuya naturaleza no les era posible definir; y del cual hicieron comentarios en esa misma aldea.
Y así a continuación, muchos otros vislumbraron el inocente sombrero e hicieron el pertinente comentario a las gentes de la región.
Durante ese tiempo, el sol, la lluvia y el polvo, completaron su tarea: el fieltro había cambiado de color y las orejeras, vistas de punta, se parecían vagamente a las orejas peludas de algún animal. El harapo había adquirido un aspecto sumamente singular.
Ahora, los viajeros y peregrinos que se detenían en la aldea estaban advertidos de que, en el extremo del bosque, una «cosa», que no era ni hombre ni bestia permanecía emboscada, y que convenía andar con cuidado. Algunos llegaron a admitir que la cosa bien podría ser un demonio e inmediatamente el objeto, hasta entonces anónimo, fue promovido al rango de diablo.
Cuanta más gente veía el viejo sombrero, más se hablaba de él y el país entero se refería al terrible «demonio» oculto en un rincón del bosque.
Entonces sucedió que un día los viajeros vieron al harapo removerse, otro día pareció querer desprenderse de las espinas entrelazadas que lo aprisionaban; finalmente, se puso a perseguir a los paseantes, los cuales, locos de terror, echaron a correr a toda velocidad.
El sombrero había sido animado por efecto de los numerosos pensamientos concentrados en él.
«Dazet» nº 24, Buenos Aires, septiembre de 2018.
